Tan tarde · 10/07/2016

1. Es tarde, y ya se han ido los niños que gritaban esta noche: «¡muerte, muerte, muerte!», pequeños realistas de Tirso o mensajeros quizá de lo que van a hacer con sus mayores. Ni en mis tiempos nos dejaban jugar a estas horas. Están los sintecho, algunos viejos solos, un chucho y una pareja de policías con bermudas que interrogan e identifican a lo que parece un hombre de hueso con la energía de un hombre de papel. Supongo que le joderán un rato y adiós. Giro hacia el Metro de La Latina, pensando en los niños.

2. Serán diez minutos de espera, así que bajo las dos rampas de escaleras mecánicas y, al llegar al fondo, las retomo, subo y vuelvo a bajar. Esto es vivir; una fiesta de placeres desmesurados, sin un instante vacío. Después juego a pisar sólo en las rayas, pero me acuerdo del joven soldado de La cruz de hierro que no quiere pisar los rayos de sol porque trae mala suerte y me digo desde Steiner: «vamos». En el andén, rostros familiares. Aquí sí hay mundo del trabajo (es la 5, émula de la 1). Llega el tren y resulta que nuestro vagón está abarrotado de turistas, y de la peor calaña: españoles pijos. La gente huye a los demás. Yo también habría huido, pero voy a cambiar en Ópera y es la siguiente estación. Colores claros, vestidos de buscona de Vetusta, cocodrilos en los polos y rojigualdas que fingen ser puramente deportivas. Llevan vasos de litro con cubatas y destornilladores, que blanden con total desprecio del resto de los pasajeros porque saben que la seguridad les deja hacer lo que les venga en gana. No son negros ni chicos de Vallecas o Villaverde. Son nacionales, y el país es suyo.

3. Nada de nada en la 2, hecho el cambio. ¿Qué pasa? Madrid ha ido perdiendo la tensión, y casi no se oye tras el ruido. Es una pregunta retórica, por supuesto. Sé perfectamente lo que pasa.

4. Dibujos verdes en la acera; rectángulos chillones con números y letras, demasiado vistosos para ser las típicas marcas de los revientacalles del gas, la luz y las compañías telefónicas. Los he visto durante días, alrededor de Bilbao. Ayer -sí, claro, ya es ayer- salí de dudas porque su autora estaba sentada en el suelo, borrando uno de los dibujos con una esponja y un cubo. Eran las nueve; ahora son las dos y sigue en el mismo lugar, pero arrodillada y pegando un cartel a medio metro de altura, como si tuviera intención de tumbarse debajo. No alcanzo a leer lo que pone, y es tan tarde que no la quiero interrumpir. Cuatro horas después, justo antes del alba, bajo a comprobar que ha sobrevivido. Es una esquina difícil, en una ciudad difícil.




Madrid, julio.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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