Ni miedo ni imposibles

Cinco mil objetores.

Menos lobos

Se lucha porque se vive.

Conejo de Ministros

Y la prensa dice: «clarísimo, o sea».

Deja que te lo explique

Paréntesis de la política.

Un poco hasta las pelotas

A Fredric Brown, sin x céntimos.

En Twitter En FB

Incluidas las palabras · 8 septiembre 2008, 04:04

Me ha dicho V., ya sabes cómo es, que no hablas. O más bien que estuviste una temporada sin hablar ni mucho ni poco y que ahora, en mejoría supuesta, has pasado al poco. Y me parece bien como forma de protesta. Cuando callas, niegas lo que has vivido, lo que has aprendido, lo que sabes en suma; pero también la acción, los hechos de la piel y del dominio de los detalles, la intución, un buen pedazo de tu suerte, hasta que el mundo empieza a ser más pequeño y el silencio, si está bien dirigido, daña o destruye a los que escatimaron un gesto, un gracias, un vulgar reconocimiento de presencia a una voz clave para sus propias vidas. Que lo noten a posteriori, cuando ya son pasado en tu memoria, es irrelevante.

Pero tú nunca has sido tan dura. No eres como Ch., media cabeza afeitada y media no, que estuvo tres meses sin decir palabra en cierta casa de este barrio, Malasaña, para desesperación de S. y abuso de mi tiempo, porque si S. fue Arturo y yo Lancelot, juro ante tus dioses septentrionales que mi relación con Ginebra era simplemente amistosa. Tú has callado, después de arrancar entrañas, por ausencia de lo que empuja a hablar cuando se llega al círculo vicioso del para qué y no hay respuesta útil: un interlocutor sin cuerpo. Un posible. Un deseo. Una inercia envuelta en papel tan rojo como tu pelo. Unas pecas. Una causa. Lo que sea, incluidas las palabras, por ejemplo, si se aman por sí mismas. Y tú no lo tienes. Se ha quedado en alguna parte, me imagino en cuál.

Desde que nos vimos por última vez han pasado muchos nombres. A V., como también sabes, le arrancaron un trozo del corazón pero no del hígado, órgano que nos hermana. A mí me han metido veinte balas de plata, y la última, grave sólo porque soy el mismo, tan puta que me miré en el espejo y no me vi. Sólo hay algo tan importante, T., y no está aquí, no nos señala en este día de septiembre. Luego te lo diré de otra forma: esta semana, o tal vez la siguiente, pasaré por tu casa. Si bajas la mirada, un poco más, no tanto, bruja, verás que tus regalos siguen en el mundo. 30 de enero de 1983, un cinturón negro con tachuelas redondas, plateadas. 30 de enero de 1984, dos botellas de ginebra. Y así sucesivamente; aunque las botellas, me temo, ya no son las mismas.



(Ojos de Bette Davis)



Madrid, 6 de septiembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez

/


Comentarios



Ayuda Textile