Un juego · 18 febrero 2012, 13:07

«Tú verás, dice.»

Un solo nombre · 17 febrero 2012, 17:43

«Esto es mi país.»

Difícil · 17 diciembre 2009, 20:38

1. Hace poco, subía por la Calle Montera cuando alguien me agarró por la muñeca; cada cual sabrá dónde pone el límite de lo admisible, pero yo no me giré con cara de buenos amigos. Eso, mi enfado, multiplicó la sorpresa; no esperaba su imagen, la de una mujer preciosa y bastante joven; ni su intención, a pesar del sitio; ni su actitud, tajante primero en su vente conmigo, cordial después en un sencillo ven y casi implorante, rozando el por favor, tras mi tercer no. Roto el contacto, quedó su mano en el aire. Cuenta Pedro de Répide que esta calle debe su nombre a una dama, esposa de un tal Montero o del montero mayor de Felipe III, según las versiones, de tal belleza que el rey debió mediar para poner fin a los duelos de quienes se disputaban una mirada suya.

2. Minutos después, en un bar de la callejuela de San Onofre, hay una mesa con un café cortado y dos manos que pasan las hojas del periódico. En esos días, no recuerdo si el día anterior o el anterior del anterior, había estado en Madrid una de las pocas actrices por las que me batiría si Vanessa Redgrave no tuviera, en todas sus edades, preferencia: Emma Thompson. Pero hasta la mejor Beatriz de Mucho ruido y pocas nueces es capaz de confundir la realidad con el deseo o, más precisamente, la ficción de pocos con la ficción de todos. «Lo bueno del sexo —decía mi admirada británica en un titular— es que es gratis.» Sí, quizás dentro de diez mil años, cuando los seres humanos dejemos de vivir un cuento de hadas, prendido con alfileres sobre un abismo.

3. Un final, de Pavese: «Sonríe ella sola/ su más ambigua sonrisa al andar por la calle.»

4. Hay hielo en la acera y en la barandilla de hierro forjado que se abre hacia el este, cuyo paisaje, a estas horas de la noche, es la oscuridad de la Casa de Campo y algunos puntos luminosos. Como Madrid siempre tiene inventores de leyendas, el Templo de Debod, erigido hace 2.200 años por el faraón Ptolomeo IV, retocado por nuestra querida Roma y traído aquí en 1968, le ha dado una vuelta de tuerca a la superstición de los gatos negros mediante el espíritu de Amón. Con uno de ellos estoy (ojos verdes, siamesa de pelo corto) cuando suena el móvil y es la voz de mi amiga I. desde la otra Siberia castellana. Dice que han perdido el juicio, y estoy de acuerdo; que empeoran con los años, y es verdad; que hablan contigo como si hablaran con fantasmas del pasado, y no podría ser más cierto. Amón, padre de los vientos, protector de los navegantes, maúlla.

Madrid, diciembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez


Comentarios



  1. La Parca en cada esquina y ni dios quiere verla….¿será invisible?

    Si no hay buenos siquiatras, que vayan al oculista, al menos.

    Saludos siberianos

    — Isabel · 18 diciembre 2009, 01:43 · #

Ayuda Textile

Limpieza · 18 enero 2012, 23:53

«Como las ilusiones son líquidas, el suelo de este hombre está encharcado hasta más allá de la suela de las zapatillas, que son de baloncesto y cuya lona se empieza a oscurecer.»