Leones · 21 diciembre 2011, 15:23
Allá por 1907, en el Día de los Inocentes, un periódico de Madrid informaba del robo de uno de los leones del Congreso. En la noticia, ilustrada con una fotografía trucada para el caso, se afirmaba que, hacia las dos de la madrugada, dos mujeres estaban paseando por los jardines de enfrente cuando una de ellas sufrió una crisis epiléptica. Al oír sus gritos, el sereno y los guardias del Parlamento se acercaron a ayudarla y se la llevaron a la Casa de Socorro, momento que aprovecharon «cinco o seis hombres» para desplazar el felino, deslizarlo por un tablón y arrastrarlo hasta un carro donde lo cargaron «con auxilio de unas fuertes maromas».
El león era el segundo según se baja por la Carrera de San Jerónimo. A efectos oficiales sería Velarde, porque se supone que los leones del Congreso se llaman Daoíz y Velarde; para los madrileños sería Malospelos, porque Benavides y Malospelos son sus nombres madrileños desde que Clarín los ironizó a lo grande en León Benavides a partir de una cita breve y canallesca de La prudencia en la mujer, de Tirso de Molina. Pero la broma del periódico no habría engañado a tantos si la historia de los leones, de sobra conocida, no fuera tan representativa de las chapuzas institucionales y de los recortes presupuestarios que muchos los creían poco menos que nada, chapa pura y fácilmente levantable, como la propia estructura política y económica del país.
Más de un siglo después, la inocentada seguiría funcionando porque España sigue siendo Reino y, por ende, un chasco. A decir verdad, nuestro Congreso no merece los dos leones que lo custodian; y por la misma razón, tampoco merece Alfonso XII los seis del conjunto escultórico del Retiro. En Madrid, para poder hablar de leones merecidos, hay que cambiar de tercio y pasar de la política a la piel, lo cual nos lleva a la Cibeles. Pero ésa es otra historia; la de dos amantes, Atalanta e Hipómenes, a los que Zeus convirtió en leones tras descubrirlos haciendo el amor en uno de sus templos. Cibeles se apiadó y los unció a su carro para que al menos estuvieran juntos. Y aun así, como los del Congreso, se niegan la mirada.
Madrid, diciembre.
— Jesús Gómez Gutiérrez
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