Un juego · 18 febrero 2012, 13:07

«Tú verás, dice.»

Un solo nombre · 17 febrero 2012, 17:43

«Esto es mi país.»

47 · 25 enero 2012, 21:25

Desde este mes, J. tiene una muela menos; ya son varias menos, que nunca puede sustituir por puentes o implantes. Y J., que está a punto de cumplir cuarenta y siete, se pregunta si todas sus palabras-palabras y palabras y actos no valen el precio de una muela. Tampoco es el colmo de la ambición; obsérvese que no piensa en reconocimientos, resarcimientos, en fin, sino en una muela. Pero volvamos al principio.

Era una calle del sureste, flanqueada de edificios en lo más alto y de descampados después, donde sólo se alzaban las vías del ferrocarril y un montículo con muchas bocas redondas. Las bocas eran las entradas de los túneles que los chicos cavaban para jugar. Cabían en fila y de milagro. Si alguno estaba demasiado gordo, no cabía. Si la linterna fallaba en mitad de la aventura, se pasaba un rato de ahogo y tinieblas que, no obstante, se disimulaba entre risas y toses al salir. De vez en cuando, uno de los túneles se hundía y el juego terminaba mal.

J. no sabe cuándo se dejó de jugar en aquel montículo. J. sabe cuándo dejó de jugar en él y qué le debe al estómago de la bestia de arena: el disimulo de las risas y la tos. Así que el día 30, al cumplir otro año, fingirá del mismo modo. «¿Te has quedado sin luz?» «No; he apagado aposta.» Es la respuesta de la gente que admira. De niños, lo decían por hacerse los duros; de mayores, por restarle importancia. Y como las palabras-palabras y las palabras y actos van por ellos o esencialmente por ellos, qué importa una muela más.

Madrid, enero.

— Jesús Gómez Gutiérrez


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Limpieza · 18 enero 2012, 23:53

«Como las ilusiones son líquidas, el suelo de este hombre está encharcado hasta más allá de la suela de las zapatillas, que son de baloncesto y cuya lona se empieza a oscurecer.»