Limpieza · 18 enero 2012, 23:53
Como las ilusiones son líquidas, el suelo de este hombre está encharcado hasta más allá de la suela de las zapatillas, que son de baloncesto y cuya lona se empieza a oscurecer por la humedad. No se han derramado hoy, entre desconocidos que hablan de cosas importantes; se derramaron hace tiempo y se evaporaron hace tiempo; pero a veces, porque sí o porque no, regresan y repiten su rutina de llenarle, derramarse y empaparle los pies.
—¿Qué ha pasado?
La cara correspondiente a la pregunta le sorprende un poco. No lo había visto. Y eso es lo que dice.
—No te había visto... Nada, es un charco.
—Pero con mucha agua.
—Vieja.
—Eso está bien. La vieja enfría menos.
—Se nota menos, pero enfría igual.
—Igual —repite, pensativo—. Lo había olvidado. Qué suerte.
—¿Suerte?
—Claro. Eres el único con charco.
—Ah, vaya... Apártate, por favor.
—No me jodas, hombre, qué más te da. Somos amigos.
—Lo fuimos. Búscate tus propias ilusiones.
—Si las estás tirando...
—No las estoy tirando. Las pongo a limpiar el suelo.
—¡El suelo!
La cara correspondiente a la exclamación clava la vista en las baldosas. Efectivamente, el suelo está más limpio; tanto más limpio que la zona alrededor de las zapatillas, un par de metros cuadrados, ha recuperado el color original.
Mientras la cara mira, el charco retrocede y deja un camino de baldosas blancas. Segundos después, tras el clic de la puerta, vuelven al gris.
Madrid, enero.
— Jesús Gómez Gutiérrez
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