La última generación libre · 17/07/2016

Virgilio Leret Ruiz está al frente de un puñado de hombres en la base de hidroaviones del Atalayón, en Melilla. Es viernes 17 de julio de 1936, y el capitán del Ejército se niega a rendirse cuando aparecen los sublevados. «¡Viva la República! —grita, y añade:— Daré mi vida antes de caer en el deshonor.» Leret no se parece nada a los militares africanistas; sus medallas no pertenecen a otros, sus gestas no pertenecen a otros y, desde luego, no se ha ganado los galones por el procedimiento de ser un delincuente, un asesino o un vulgar cortesano. Lo derribaron en Alhucemas, siendo piloto de combate, pero logró burlar al enemigo. Estudió ingeniería, y patentó uno de los primeros motores a reacción que se conocen, el turbocompresor de reacción continua. Ahora, él y sus escasos compañeros son la última línea de defensa. Rechazan al 2ª Escuadrón del Tabor de Caballería de Regulares, y mantienen la posición durante horas, hasta que se quedan sin balas. Lo fusilarán al amanecer en compañía de los alféreces Luis Calvo Calavia y Armando González Corral.

En la península, los rumores se van transformando en hechos. La sublevación se extiende durante el día 18 ante la pasividad del Gobierno, que se niega a entregar las armas a las organizaciones de sindicatos y partidos. No serán Azaña, Casares Quiroga y Martínez Barrio los que salven la República; será el pueblo y sus milicias, que toman las calles y se enfrentan a los sediciosos. En noviembre, con Madrid a punto de caer, otro Gobierno hará las maletas y huirá; también entonces será el pueblo el que salve la situación, con ayuda de «unos cuantos capitanes», como dijo el mejor de todos, Antonio Machado. Enfrente, Hitler, Mussolini y todas las armas y soldados que el dinero puede pagar; enfrente, la pasividad de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, que condenará a España a tres años de guerra, cuarenta de dictadura, cientos de miles de muertos, decenas de miles de exiliados y la destrucción completa de su cultura. Pero eso será más tarde, cuando ya no queden hombres y mujeres suficientes. Ésta es la mejor generación, la última generación libre. Y, durante tres largos años, le dirán al mundo que todos son Virgilio Leret.


Madrid, 17 de julio.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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