Literatura · 06/10/2016

Han vuelto a borrar las pintadas del murete gris que, en esta zona de la plaza, hace las veces de banco. Quedan sombras de frases y alguna letra visible, pero ya no se puede deducir lo que ponía. Sobre una de las letras, sosteniendo un bocadillo, hay un hombre de ropa desgastada que mira a los transeúntes: le pregunto por la situación política del país y, tras un «¿me estás vacilando?», añade «que se pudra» y vuelve al bocadillo que le acaban de dar a pocos metros, en el comedor que se organiza casi todas las noches junto a la desembocadura de Jesús y María. Está, naturalmente, en paro. A sus sesenta y pocos, duerme donde puede y se busca la vida como puede. No quiere dar su nombre.

Marta lo da. No tiene más de veintiséis o veintisiete años, y nadie diría por su aspecto que viva esencialmente de la ayuda de los amigos y de lo que saca en la calle. Preguntada por los asuntos de la Carrera de San Jerónimo, se echa a reír y afirma, muy seria: «No cambiaría nada. Eso es de los que tienen mucho o están más o menos bien. Los demás no existimos». Dice que estuvo de asambleas durante el 15M, y el chaval que la acompaña —en silencio hasta entonces— sacude la cabeza: «qué mierda, tío». Es boliviano de nacimiento; trabajó como muchos en la construcción, y ahora hace chapuzas con las que paga medio dormitorio en un piso de Tetuán que comparte con siete personas de nacionalidades distintas.

Menos contundente, pero al mismo tiempo colérico, se muestra Jesús, un cuarentón que deambula por la zona de los africanos: «Si el Parlamento estuviera al otro lado del mundo, no estaría más lejos». Al saber que tenemos el mismo nombre, me desea suerte como si la coincidencia hiciera familia. Son casi las nueve, y hay más gente ahora que al principio; la mitad, turistas y jovencitos en las terrazas y la otra mitad, excluidos y esquinados. En opinión de Feli, una gruesa señora que sale de un sindicato, la cuestión es como sigue: «Para ellos, sólo somos literatura, negritos de La cabaña del tío Tom. Cuando están de buenas, nos dan lágrimas de clase media; cuando no, mandan a la policía».


Madrid, octubre.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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