Un toque de atención · 18 septiembre 2008, 05:10
Acabo de leer el informe de Richard Gowan y Franziska Brantner sobre la pérdida de influencia de la Unión Europea en Naciones Unidas. Como afirma el coautor en sus declaraciones a la prensa, «no me preocuparía tanto si no fuera porque amenaza todo el sistema universal de los derechos humanos». En efecto. Aunque algunos lo olviden con un entusiasmo que siembra dudas sobre su salud mental (¿síndrome de Estocolmo?), la UE es el garante principal de dicho sistema.
Gowan y Brantner, cuyo estudio se dirige a los europeos, es decir, habla de lo que nosotros podemos o debemos cambiar, asocian casi exclusivamente el problema a la debilidad de la UE, que en su opinión ha estado demasiado ocupada, incluso de puertas afuera, con su impasse interno. Pero ese gato tiene más patas. Dos, por lo menos.
La primera y más obvia es el cambio de la política estadounidense. En la práctica, los gobiernos neoliberales de Washington han desoccidentalizado el país; si la UE es en la actualidad el garante principal de los derechos humanos, lo es porque EEUU ha renunciado a su papel en ese campo y ha roto o dañado la unidad de acción que se había mantenido, con sus diferencias lógicas, desde la II Guerra Mundial. Hasta la propia debilidad de la UE deriva en parte de ese factor. Ni Europa pretendía suplantar el papel de otros en el mundo ni estaba preparada para hacerlo cuando los Bush y compañía se embarcaron en algo que no es sólo una pretensión unilateralista sino, también, una guerra de corsario. Y la puntualización no es baladí. Ya en 1621, don Fernando Girón advertía al rey sobre ciertas prácticas: «Es conocida la poca fe y amistad que guarda el que anda en corso. En la mar, como no hay testigos de sus robos, son más crueles con el amigo que con el enemigo porque no se sepa su maldad.»
La segunda es la lentitud de un cambio diferente. A los países que solían votar con la UE en los organismos de derechos humanos, definidos por Gowan y Brantner como grupo «liberal internacionalista», hay que restar ahora a los entrampados con Washington. Quedan Canadá y la mayoría de los países latinoamericanos, excepción hecha de Cuba y Venezuela, que en la ONU se asocian con Rusia, China, Sudán, Irán, Corea del Norte, Uzbekistán y otros defensores de formas de vida alternativas. Pero la América Latina que cree en el Derecho está lejos de poder desempeñar el papel que le corresponde. Aunque su voluntad y su presencia política han crecido mucho de la mano de la democracia, como se demuestra en el carácter esencialmente latinoamericano de la misión de la ONU en Haití, todavía no han crecido lo suficiente.
Ahora bien, se podría afirmar que el informe de los especialistas del ECFR es positivamente exagerado. En primer lugar, como ellos mismos recuerdan, la acción y las capacidades de la UE no se limitan a las instituciones asociadas a la ONU; en segundo, el hecho de que la UE sea el pilar central del sistema de derechos humanos no significa que el problema se pueda reducir, exactamente, a una cuestión de bloques. Europa debe reaccionar, es cierto, incluso en circunstancias tan poco propicias como éstas. Y quién ha dicho, por lo demás, que Obama no pueda ganar las elecciones.
Madrid, 17 de septiembre.
(*) http://ecfr.3cdn.net/3a4f39da1b34463d16_tom6b928f.pdf (en inglés).
— Jesús Gómez Gutiérrez
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