Lenguajes compartidos · 12 enero 2009, 06:04
No podría estar más de acuerdo con el artículo que José María Ridao publica hoy en el diario El País, Gaza en España, ni compartir más su reflexión, en respuesta a los que andan justificando las atrocidades del Gobierno israelí, cuando afirma: «si no sólo se prescinde de una base moral compartida, sino también de un lenguaje compartido (…) habremos sembrado la semilla del desastre». Nosotros, los que no estamos dispuestos a admitir ni en Oriente Próximo ni en ninguna parte que se pisotee el Derecho, deberíamos ser los primeros interesados en ser coherentes.
Pero hace tiempo que la demagogia se ha colado hasta el fondo de la izquierda política. Los organizadores de las manifestaciones que han recorrido las calles de España este fin de semana, podrían haber elegido muchos lemas para mostrar nuestra solidaridad con el pueblo palestino. Israel viola la legislación internacional en materia de derechos humanos, mantiene una ocupación ilegal, convierte zonas civiles en campos de batalla, construye muros que dividen comunidades, extiende asentamientos que enquistan el conflicto y hasta incumple las normas de la guerra. Cualquiera de esas acusaciones habría estado, está, cargada de razón. Y sin embargo, se prefiere utilizar la única que es falsa: afirmar que el Gobierno israelí comete un genocidio. Alguien ha debido de pensar que la mentira sólo es una forma de exageración leve. O retomando la afirmación de Ridao, que no necesitamos un lenguaje común.
Es normal que la indignación nos lleve a veces a traspasar la línea de la responsabilidad política; especialmente, si el grado de injusticia y de impotencia es tal que apenas nos queda el consuelo de una salida de tono. Si fuera sólo eso, sería perdonable. Pero esto es algo más. No se trata de que nos excedamos en el ejercicio de nuestra crítica hasta el punto de distorsionarlo y de dar argumentos a los verdugos, que por supuesto lo aprovecharán en su favor; se trata de que al destruir los límites de lo admisible, les estamos haciendo el juego. Genocidio: una de las mentiras favoritas del fundamentalismo islámico. Que no busca la paz ni una solución justa, sino la destrucción del Estado de Israel. Que subvierte el sentido de la democracia como todas las extremas derechas de este mundo. Que liberaría a los palestinos por el procedimiento de devolverlos a la Edad Media, si es que los israelíes les dejan algo, y de convertir Palestina en un campo de concentración con lecturas del Corán.
Quienes tenemos la suerte de haber nacido en países con cierta cultura democrática, tenemos la obligación de defenderla. Gritar genocidio en Madrid o Berlín es poco relevante; pero aunque no lo pretendamos, nuestro error sirve a la estrategia de los que gritan lo mismo en ciertas mezquitas, de la propaganda que termina en atentados con cientos de víctimas civiles, absolutamente ajenas a esto. Los responsables de la guerra tienen un nombre; no son Occidente en general ni la confabulación «de los europeos, de los asiáticos, de los rusos, de los africanos» que se inventaba hace unos días Sami Nair en el mismo periódico (pobre mundo árabe si hasta sus escritores más o menos laicos padecen de ceguera). Y desde luego, no estamos ante un genocidio.
Madrid, 12 de enero.
— Jesús Gómez Gutiérrez
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