Un juego · 18 febrero 2012, 13:07

«Tú verás, dice.»

Un solo nombre · 17 febrero 2012, 17:43

«Esto es mi país.»

De Libia y la hidrografía · 24 marzo 2011, 04:13

«Inglaterra no tiene amigos o enemigos permanentes; sólo intereses permanentes.». La sentencia se atribuye a Henry Temple, que fue primer ministro de Gran Bretaña en dos ocasiones y a quien Carlos Marx dedicó un libro que se publicó en el New York Tribune y en People's Paper de Londres, La historia de la vida de lord Palmerston (1853). Con el tiempo, la frase se ganó otros padres (Winston Churchill, John Foster Dulles) y se convirtió en la que todos conocemos: «Los Estados no tienen amigos; sólo intereses».

Es un hecho tan indiscutible que su definición como perogrullada se quedaría corta. Pero es obvio que el interés viste mal, así que tiende a disfrazarse de ética por el camino más fácil, la confusión de causas y efectos, todo un agujero negro en la educación de la humanidad, la piedra donde tropezamos mil veces por no recordar o no querer saber lo que Bertrand Russell definía de este modo: «Las nociones éticas no son casi nunca la causa, sino casi siempre el efecto: un medio para conceder autoridad legislativa universal a nuestras propias preferencias; no, como ingenuamente imaginamos, la base misma de dichas preferencias».

Si damos por buenas las afirmaciones anteriores, podríamos llegar a la conclusión de que acusar a un Estado o grupo de Estados de actuar por interés y ocultarlo tras la ética es, por obvio, inútil. Nada más falso, pero dejemos esa puerta para otra casa. Al fin y al cabo, raramente discutimos sobre interés y ética en general, sino sobre interés y ética en concreto: qué interés, qué ética. Ésa es la cuestión. No podemos elegir el contexto de nuestras decisiones; siempre serán convenientes o inconvenientes para alguien, Estados incluidos. Pero podemos elegir, al menos hasta cierto punto, desde qué principios actuamos y en favor de quién y de qué.

El Consejo de Seguridad de la ONU ha aprobado una intervención militar limitada e in extremis en Libia. Las experiencias de Somalia y sobre todo Afganistán, que también contaban con un mandato de Naciones Unidas, son motivo más que suficiente para desconfiar; pero no sirven como excusa para cruzarse de brazos. Libia no es Irak: ni hay una invasión ni se ha aprobado, hasta el momento, ninguna invasión. Libia no es lo que se podría haber hecho y no se hizo, por mucha razón que se tenga, sino un presente que exigía de soluciones en el presente. Lo demás es demagogia y ceguera en distintos grados. Si la ONU no hubiera intervenido, la oposición libia sería un montón de cadáveres.

En una de sus críticas a los reduccionismos del materialismo dialéctico, Russell ironizaba de este modo: «La industrialización se debe a la ciencia moderna; la ciencia moderna se debe a Galileo; Galileo se debe a Copérnico; Copérnico se debe al Renacimiento; el Renacimiento se debe a la caída de Constantinopla; la caída de Constantinopla se debe a la emigración de los turcos; la emigración de los turcos se debe a la desecación del Asia Central. En consecuencia, la hidrografía es el estudio fundamental para la investigación de las causas históricas» (Libertad y organización (1814-1914)). Con un sector de la izquierda ocurre lo mismo. Cree ciegamente en la hidrografía, sustituible por el petróleo o el imperialismo según convenga. No mira a otra parte con intención de ganar votos, aunque también; no mira a otra parte porque simpatice con los Gadafi de este mundo, aunque hay de todo; mira a otra parte porque se quedó sin el libro de instrucciones y, hasta nueva orden, todo es hidrografía.

Sería deseable que esa izquierda cambiara y empezara a ser útil en lo que se espera de ella, la creación de un verdadero movimiento antisistémico. Pero su crisis es casi mayor que la crisis de la socialdemocracia. Ni siquiera han leído al filósofo inglés. Si lo leyeran, dirían que su crítica del materialismo dialéctico era una venganza personal contra Federico Engels por haber escrito que lord Palmerston, el del principio, «había puesto al pequeño lord John Russell [abuelo de] al frente de Asuntos Exteriores con el único fin de convertirlo en un hazmerreír». Claro que, para saber eso, tendrían que conocer a Engels. E incluso a León Felipe, nuestro León Felipe, el autor de La Insignia, que en 1932 tradujo Libertad y organización para la revista que dirigía, España y la paz, órgano del movimiento pacifista de Bertrand Russell.

Madrid, marzo.

— Jesús Gómez Gutiérrez


Comentarios



Ayuda Textile

Limpieza · 18 enero 2012, 23:53

«Como las ilusiones son líquidas, el suelo de este hombre está encharcado hasta más allá de la suela de las zapatillas, que son de baloncesto y cuya lona se empieza a oscurecer.»