Entre castellanos · 24/06/2008

«Si preguntas mi nombre fue María.» Así comienza el famoso epitafio que dedicó Diego Hurtado de Mendoza, poeta, diplomático, militar castellano, a quien alguna vez se atribuyó el Lazarillo de Tormes, a su hermana, María Pacheco, esposa de Juan de Padilla y cabecilla de los comuneros desde la derrota de Villalar. Porque para amantes de la historia, categoría en la que no encontraremos a nacionalista alguno (mentirosos como son, manipuladores como son y en consecuencia enemigos de la propia historia), hay que recordar que la rebelión de las comunidades no terminó en 1521 y en abril para más señas, sino nueve meses después, en Toledo, a cuenta del carácter de Pacheco y de las preocupaciones de Carlos V con la invasión francesa de Navarra.

Pero hoy es 23 de abril, aniversario de Villalar, día de la comunidad de Castilla y León, y digo: Inventar una nación es más fácil que freir un par de huevos; que freirlos bien, se entiende, con la clara bien hecha y la yema en su punto y una forma decente sin vocación de moco maltrecho o escarola. Si no hay historia, mejor que mejor, se inventa. Si hay, se cambia. Sólo se necesitan dos grupos de chimpancés con mala uva. Lo demás viene dado por la ley general de un viejo dicho, desde luego castellano y también con animales: cuando la cabra da leche, da leche hasta por los cuernos.

El problema aparece en tierras como las nuestras, ricas en idas, venidas y cuenta de los siglos. Aquí habría que cambiar tantas cosas o discriminar con tanta ceguera que la historia se niega a doblegarse y escupir la caricatura, la simplificación máxima, que toda creación nacional exige. Los hechos demuestran que en ninguna de las Castillas, dos de nombre y tres desde la separación de Madrid, gustan esos juegos. No hay más nacionalismo castellano hoy que en 1975, ni somos menos castellanos los unos y los otros cuando decidimos que nuestra historia está muy bien como está y que tenemos más personajes de los que podríamos representar. Entre las distintas concepciones nacionales, estatales, administrativas, culturales, que pueblan el mundo, soy de la opinión de que hemos elegido la única sana, ser lo que podemos ser, es decir, ser la totalidad de lo que somos y no una estúpida y empobrecedora parte.

Veintitrés de abril en Castilla-León. Dos y treinta y uno de mayo, respectivamente, en Madrid y Castilla-La Mancha. Si a nuestros representantes se les ocurriera inventar trescientas sesenta y dos Castillas más para que todos los días del año tuvieran celebración oficial, tendrían trescientas sesenta y cinco ocasiones de aburrirse solos en una tribuna. No me parece mal resumen sobre el supuesto ser castellano. Ni mala lección para latitudes menos irreverentes.

María Pacheco, granadina, hija de Francisca Pacheco y de Íñigo López de Mendoza, falleció en el exilio. Dudo que entre sus motivos estuviera lo que en gran medida fue la rebelión de las comunidades castellanas, «la primera percepción del concepto de las libertades de un Estado moderno», como afirmó Manuel Azaña en su discurso ante las Cortes del 27 de mayo de 1932. Pero eso es historia, que no es lo de hoy.


Publicado originalmente en La Insignia, de España.
Madrid, 23 de abril del 2007.


— Jesús Gómez Gutiérrez

/


Comentarios

Ayuda Textile