Casas · 17/03/2008

Viví dos años en la calle del Rosario, junto a la Basílica de San Francisco el Grande. El programa de animación inmobiliaria patrocinado por nuestros distintos gobiernos me ha permitido recorrer media ciudad con los trastos. Ahora conozco hasta el último templete, ático, buhardilla, conjunto escultórico, balaustrada, cúpula, escalera, pasarela, portal, el mundo en los tejados y a ras de suelo.

Aquella casa fue excepcional en mi lista de domicilios. Me enamoró a primera vista, con su inacabable pasillo de losetas rojas; la tarima oscura, casi negra, del salón; vistas a la sierra desde los dos balcones y a un patio interior en el extremo opuesto. Pero el primer día en que nos quedamos a solas, supe que nos queríamos como esculturas de mármol, ojos en blanco y admiración sin piel. Yo no le perdonaba su orientación a poniente, y ella me replicaba con su humor de invierno, cuando dejaba los siseos y las voces suaves y adoptaba un tono duro, a veces un grito, en sus crujidos y sombras.

Fueron meses de emociones fuertes, que terminaron con una de las situaciones más injustas que me ha tocado vivir. Fuera libros, discos, todo. Cuando nos despedimos, me regaló su mejor luz matinal. Luego, se ensañaron. Bajaron los techos, tiraron las puertas y los muebles del siglo XIX, arrancaron la tarima y las baldosas, callaron su voz y la dejaron presentable para quintuplicar el precio. Perfectamente nada, igual que tantas. Todavía tengo la llave de la puerta principal; la llevo siempre en el bolsillo, una llave extraña, larga y plana, casi hoja de navaja.

Pasé al limbo de las casas temporales, junto al Paseo de los Melancólicos —no recuerdo el nombre—, como años más tarde al Dos de Mayo; casas de estar sin estar, menos una, que fue casa de principios. Al cabo del tiempo llegó Mira el Sol, a las puertas del Rastro, pequeña, agradable, muy amiga; me recordaba a su hermana mayor de Mesón de Paredes. En cierta manera fue como volver a Vallecas, o más bien a las imágenes de San Blas y de Vicálvaro cuando, de niños, visitábamos a mis tíos. Sur y este de Madrid en el centro. Sin la tontería de Lavapiés, tan obrera como el antiguo Legazpi y fiel a su nombre.

No fue pasión. Rosario estaba demasiado cerca, el mundo había cambiado y echaba de menos la frescura de Muñoz Torrero, a espaldas del edificio de Telefónica. Grifos que no funcionaban. Cocina con vocación de bomba. Raras tuberías sin principio ni final. Pero las cucarachas eran blatta orientalis, siempre más tolerables que las rubitas blatella germánica. Allí descubrí las posibilidades decorativas de un somier de muelles colgado del techo y el arte de recuperar cada cajón, palé y expositor de la basura.

La casa había sido hostal, y quien conozca la zona, sabrá de qué tipo. Cuando volvía de la oficina, debía atravesar la congregación de prostitutas. Blancas, negras, alguna oriental, tan a lo suyo como los porteros de los clubs nocturnos y más de cinco y de seis por encima de los sesenta años. Nos llevábamos bien, con la cordialidad de los vecinos y mi ventaja de recibir cumplidos como pedradas, perfectos contra el peor de los días. Era un pueblo dentro de un pueblo. Como los Austrias y Malasaña, atravesado por la ciudad de la tarde y de la noche, la de las compras, copas, cines.

Mudanzas y trasiegos sufrieron una interrupción a finales de los ochenta. Regresé al Corregidor de nombre y apellidos interminables que nunca caben en ningún impreso. Árboles. Jardines. Esas cosas de Moratalaz. Más árboles. Más jardines. Meses sin huella y vuelta al centro. Primero, Alburquerque. Después, Luchana:

La puerta, negra, se abrió a un espacio de distribución similar a Rosario. Me pareció una cripta, pero la impresión saltó por los aires tras la apertura de las contraventanas. Levante-sur y sol. El palacete rojo de balaustrada blanca. Mar de tejados, las copas de las acacias pegadas a los tres balcones, todo cielo y la ciudad abajo, imagino que un desastre para quien busque calefacción central y duchas con algo más que un hilo de agua, pero no para los que quieren despertar, abrir el balcón —jamás una ventana— y reconocerse en la arquitectura. En mi opinión, todas las ambiciones se resumen en una sola: la búsqueda de la belleza. En la palabra, la política, el sexo, la amistad, hasta en el odio. No es la misma belleza para todos ni todos, desde luego, son conscientes de lo que persiguen. Alguno sabrá entender.

Han sido catorce años. Quise pintar el despacho de azul, pero la mezcla salió mal y acabó en el único tono de verde que aguanto en una pared y, a decir verdad, en cualquier otra cosa. A principios de julio, sonó el teléfono y oí la confirmación de lo que temía: me quedan, como mucho, tres o cuatro meses entre las paredes que sumaron blancos y amarillos y el azul que por fin salió y terminó en cocina y cuarto de baño. Después, quién sabe. La convertirán en otra nadería como Rosario, dividida en piezas minúsculas a precio inalcanzable, o tal vez la derriben, dejando la fachada.

Qué se puede decir de un proceso económico que deconstruye la ciudad, niega el derecho a la vivienda, crea enormes guetos de adosados iguales, torres iguales, otra autopista, barrios sin vida, dejando los centros históricos en zonas de paso donde malviven viejos, inmigrantes, estudiantes y tres asociales que nos resistimos al embate. De nuevo, toca sacar las maletas. No hay dinero, sobra decirlo, y va a ser difícil. Pero francamente, sólo me preocupa el adiós.



Publicado originalmente en el diario La Insignia, de España.
Madrid, 31 de julio del 2006.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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