Españoles sin miedo · 27 de octubre de 2008

Un tribunal italiano ha condenado al Estado alemán a indemnizar a los familiares de 203 personas asesinadas en 1944 por las tropas nazis. Son hechos probados, aunque Alemania tiene parte de razón al alegar que las indemnizaciones quedaron cubiertas por el tratado de paz de 1947 y la Convención de Viena del 61; si el Estado italiano aceptó entonces esos acuerdos, es el Estado italiano quien debería asumir la responsabilidad económica. Incluso cabría un detalle, no jurídico pero de peso moral, que ofrece una imagen más compleja; por mucho que se tire de República de Saló, la presencia nazi en la Italia de 1944 no era consecuencia de ninguna conquista. Los aliados regalaron una leyenda a Italia. Prácticamente decidieron que nunca había sido lo que había sido, la cuna del fascismo.

Pero con razón o sin ella, sorprende que en Italia se tenga el sentido común de considerar actual y juzgable el asesinato de doscientas personas y aquí, en España, con un Gobierno de izquierdas y una fiscalía que en teoría responde ante dicho Gobierno, se rechace la posibilidad de un juicio por crímenes contra la humanidad. Se está gastando mucha tinta en desprestigiar el auto de Baltasar Garzón; demasiada y demasiado sospechosa si tenemos en cuenta que el juicio tendría un valor fundamentalmente simbólico. Los que inventan defectos de forma y apelan a la convivencia pacífica, como si ésta estuviera en peligro, todavía no han conseguido explicar de qué está hecho su miedo. Debe de ser algo importante; más que hacer justicia con nuestro país y con nuestros muertos, más que sacar las obligaciones de Núremberg del cajón de los discursos vacíos, más que fortalecernos con la verdad.

En estos días se ha llegado al exceso de distorsionar el pasado desde algún sector de la izquierda para ocultar esclavitudes de hoy. «Paz, piedad, perdón», se dice, recordando el discurso de Manuel Azaña en el Ayuntamiento de Barcelona; pero la paz, la piedad y el perdón son factores que ya nos hemos concedido. Aquí se trata de juzgar otra cosa; lo que ninguno de los políticos republicanos, desde los que cumplieron con su deber hasta los que apoyaron o permitieron el golpe de Casado en 1939, podían saber entonces: que el terror imperante en la zona controlada por los sublevados sólo era la primera parte de un plan. Las palabras de Azaña tienen un contexto. No son palabras después de la guerra, sino de 1938 y con la guerra. No se pronunciaron como punto y aparte a la barbarie posterior, sino desde la esperanza y la racionalidad que aún creía posibles. Citar a Azaña contra el auto de Garzón es un acto fallido; nadie estuvo más comprometido con la cultura del Derecho ni fue capaz de renunciar a más, en su nombre, que el presidente de la II República.

Por último, queda el argumento generacional. Esto es cosa de los nietos, nos cuentan, como si a los nietos nos hubiera dado una especie de fiebre pasajera. Pues bien, no es pasajera; se llama democracia. Todos conocemos las circunstancias de España tras la muerte de Franco; la estructura del Estado y la amenaza golpista lograron que la justicia se aplazara sine die. ¿Cuál es la excusa de ahora? En mi opinión, el proceso iniciado es en primer lugar la constatación de que nuestros padres acertaron al pretender españoles sin miedo; y sólo en segundo, porque creo recordar que no hay nieto que no sea hijo, constatación de nuestro éxito como tales.

Madrid, octubre del 2008.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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