La Tierra es una cárcel · 21 de julio de 2008

Suplemento sobre ciencia ficción en un periódico madrileño. Hay reflexiones de siempre, reflexiones de coyuntura, reflexiones más deudoras de los modos editoriales que de los modos literarios y un error grave: suponer que la crisis del género se debe a la rapidez de los avances científicos, que nos mantienen, según esa tesis, curados de asombro.

En realidad sucede lo contrario. A ras de suelo, la ciencia avanza más deprisa que nunca y raro es el día que no amanece con un descubrimiento o con una mejora de descubrimientos anteriores; pero más arriba, donde nacen los sueños, nunca ha sido más lenta. Hace décadas que no encontramos nada que rompa claramente nuestros conceptos, e incluso en los aspectos tecnológicos, no tenemos nada por donde se atisben otros mundos; ni siquiera en la carrera espacial, en las máquinas que ponemos a disposición de la gran frontera. Si quitamos las carcasas y las luces de colores, ésta sólo es una sociedad tan ligada al viejo y buen motor de combustión como los neandertales al sílex.

La ciencia ficción entró en crisis cuando la ciencia dejó de proveer a la ficción. Bien por la incapacidad apuntada de vestir a las musas o bien por acercamiento, como veremos ahora, al segundo protagonista: la percepción del lector.

En 1869, cuando Julio Verne publicó Veinte mil leguas de viaje submarino, los sumergibles no eran precisamente nuevos. Los primeros prototipos de los que tenemos noticia se remontan al siglo XVII, con un XVIII marcado por el caso del estadounidense Turtle y un XIX que empezó por el francés Nautilus (1800), continuó con el prusiano Brandtaucher (1851) y siguió con el primer submarino moderno, el español Ictíneo (1859), de Narciso Monturiol. Julio Verne no fue un adelantado a su tiempo, sino un adelantado a la percepción de sus contemporáneos. Asombraba con trastos viejos porque eran nuevos para la inmensa mayoría de sus posibles lectores.

Cuando hoy intentamos llegar al asombro por el mismo camino, generalmente nos condenamos al fracaso. Todavía tenemos que quemar petróleo, aún no hemos encontrado una forma decente de acumular electricidad, somos incapaces de solucionar la calvicie, no conseguimos derivar el interés económico hacia campos útiles y dependemos de estructuras tan insuficientes, y con frecuencia tan venenosas, como las naciones; pero estamos en la sociedad de la información, en una sociedad donde hasta el último de los neandertales sabe lo que se puede hacer con sílex sin necesidad de que se lo cuente un maldito chamán. O dicho de otro modo: el desfase del mundo antiguo, que abría tantos espacios a la literatura de anticipación, se ha cerrado.

¿Tiene futuro la ciencia ficción? Tiene tanto como nosotros, porque la ciencia llegó a la ficción para quedarse. Pero eso sólo es literatura, algo que ciertamente está por encima del fandom y de los momentos del propio mercado editorial. Género, subgénero, metagénero, llámenlo como quieran. Ninguna obra sobrevive por el género al que pertenece, sino por la calidad. Y si se trata de discutir sobre el sexo de los ángeles, cabe recordar que al final de todo no hay más categorías que los tres géneros griegos: lírica, épica y dramática. Hasta se puede afirmar que el auge actual de la fantasía es una renovación del segundo. Si no encontramos emoción en el futuro, lo buscamos en el pasado.

La cuestión que debería inquietarnos es otra. No estamos donde deberíamos. Hemos superado algunas de las pesadillas de Asimov, Lem, Brown, Clarke, Dick; hemos emulado algunos de sus objetos y por supuesto hemos desdoblado bastantes de sus realidades, pero no hemos alcanzado sus horizontes. Y en una especie que vive de ellos, el camino más directo a las distopías de Ballard es el impasse de la ciencia y de nuestras estructuras. La propia Tierra no es más que una cárcel mientras no podamos elegirla voluntariamente. Una enorme y preciosa prisión con varios miles de millones de primates que empiezan a ponerse nerviosos.



— Jesús Gómez Gutiérrez


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