Enterradla · 05/07/2008

Cuando D., que es de mi familia, se presentó en el departamento adecuado de la institución adecuada de la capital de provincia pertinente con su hallazgo de objetos más o menos antiguos, lo cual quiere decir, porque estamos en España, que ninguno tenía menos de cuatrocientos años, lo miraron con cara de te parto la ídem, se acordaron de su madre y le ordenaron que los devolviera a la tierra. Era, gruñeron, lo mejor que se podía hacer.

Está visto que nuestros países tienen un problema. Con lo de nuestros países me refiero ahora a España e Italia; y con lo del problema, a la dificultad de gestionar un patrimonio ingente con presupuestos de Estados raquíticos. Además, el turismo no es la solución de todos los males; por motivos obvios, se centra en núcleos urbanos y conjuntos de cierta importancia. Lo que no encaja en eso, que es muchísimo, se queda al margen. Salvo que se apliquen otras tácticas de salvamento (sedes de instituciones públicas, sedes privadas por fiscalidad generosa, etc.). ¿Y el resto? Nos gusta creer que el resto es la historia habitada, cuidada por los propios vecinos, que vemos cada día. No. Queda un resto casi mayor, sin rentabilidad.

Ahora bien, el caso de hoy es diferente. No se trata de un castillo semiderruido, cuatro tumbas visigodas o una canalización nazarí en un pueblo de dos mil habitantes. Nota bene: es Pompeya.

Acabo de leer que el Gobierno italiano ha declarado el estado de emergencia en la ciudad del Vesubio. Según el Corriere della Sera, tres décadas de negligencia estatal llevan camino de convertirla en un basurero y aseguran la pérdida anual de ciento cincuenta metros cuadrados de frescos. ¿Es que a los dueños de Italia no les alcanza ni para mantener uno de sus mayores negocios turísticos? La pregunta es retórica, por supuesto. Todos sabemos lo que pasa en Italia; y los amigos italianos, mejor que nadie. Pero el problema está ahí. Como la solución más fácil, que cito a continuación:

Si el Estado italiano es incapaz de cuidar Pompeya, el asunto debería pasar a instancias internacionales con capacidad de acción y de control de presupuesto, dado que las ayudas se evaporan con gran facilidad al entrar en contacto con la dolce vita. Pompeya no es italiana, Granada no es española, las pirámides no son egipcias, la Ciudad Prohibida no es china; lo único que es italiano, español, egipcio y chino es la suerte de vivir cerca de ellas y la suerte de tener, por ese mismo motivo, mayor responsabilidad que nadie. Pertenecen a la humanidad. Aunque la geografía las deje en fideicomiso de tal o cual país.

No dudo que existen maneras de salvar el escollo sin apelar a palabras tan grandilocuentes como humanidad y responsabilidad. ¿Pero es lo justo? En la entrada del templo más famoso de la ciudad se conservan las estatuas de Apolo y Diana; de la postura del primero, se deduce que en algún momento sostuvo un arco y una flecha; de nuestra postura actual, se deduciría toda nuestra historia aunque no la hubiéramos catalogado hasta la extenuación. Y afirmo esto: si sólo queremos Pompeya para ir de vacaciones, buscad las cenizas que habéis retirado en doscientos y pico años y enterradla. No la merecemos.



Madrid, 4 de julio.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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