Una semana · 27 enero 2012, 22:14
No son cuadrillas de trabajadores, aunque lo parezcan. La larga fila de hombres y mujeres que esperan en la glorieta de San Vicente es la cola para los autobuses que van al albergue de Pinar del Rey. Personas sin techo, sin hogar. Según el Ayuntamiento de Madrid, un problema que afronta adecuadamente con las mil ochocientas plazas que les ofrece este invierno; según la realidad de Madrid, una cantidad indeterminada de seres humanos que cada noche sobrepasa la capacidad de los albergues, busca unos metros de suelo, se cubre con mantas y cartones y se encomienda a lo que el frío de la capital decida.
Viendo a esos hombres y mujeres, se me ocurre que el mundo sería un lugar mejor si cada uno de nosotros estuviera obligado por ley a vivir una o dos semanas al año en su pellejo. No es mucho; sólo una o dos semanas. Pero en su pellejo y en las mismas condiciones. Sin posibilidad de acudir a familares o amigos y sin más apoyo que la estructura real que el sistema ponga a su disposición. Cuando menos, serviría para que los bienpensantes tuvieran un conocimiento directo de las mentiras que les permiten vivir con tranquilidad, desde los datos falsos de las instituciones hasta la imbécil convicción de que ellos tienen más suerte porque son mejores, más listos, más constantes, etcétera.
Sospecho que ninguna organización política se atrevería a incluir esa ley en su programa. Una semana como sin techo; una semana como sin papeles; una semana en una cárcel; una semana en paro y sin dinero; una semana como el más explotado de los trabajadores; una semana en cualquiera de los escalones bajos de la sociedad donde se viva. Parafraseando a Engels, la historia se erigiría por primera vez sobre su verdadera base. Sería el principio de la revolución permanente.
Madrid, enero.
— Jesús Gómez Gutiérrez
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