De amor y casi · 26/07/2009

1. Ya están cerrando cuando el chaval pasa por delante del primer escaparate del local y repara en ella, tres anillos, de azul, que se endereza en el taburete de la barra para llevarse las manos al pelo y etcétera, clavando la mirada en él. Luego, tras el cristal, el muro: cuatro, tres, casi dos y el chaval reaparece ante el segundo escaparate mucho antes de que la cuenta llegue a cero, pero tarde en el cerebro de la dama (ha notado su camisa, barata, sus pantalones, lo mismo, en fin). «No me miraba a mí, miraba su reflejo», se miente. Mejor que otra nota sobre la seducción y el poder.

2. C. es hueso; hueso y pellejo con ojos pardos en un cuerpo de edad indefinida, generalmente sucio, que termina en manos largas de dedos sucios y sandalias ídem por donde asoma su única concesión a la coquetería, las uñas, bien pintadas. Él, que será letra siguiente, D., porque desconozco su nombre, no es tan delgado pero casi; en verano lleva unas zapatillas de baloncesto como las mías (pero de marca y levantadas dónde, ah, no sé) y todo lo que se saca de los bolsillos son regalos para C., que le premia con sonrisas preciosas de manchas marrones y siempre le da parte de su comida.

3. Salta el abecedario y llegan P., calvo, barrigón, y L., melena, culo de gimnasio. A sus cincuenta y tres, P. sigue siendo el que era cuando tenía catorce o diecisiete y tiene claro lo que espera de una relación: humor, sexo, sexo, inteligencia y punto. L., treinta y ocho, quizás cuarenta, también sigue siendo la de los doce o quince y también tiene claro lo que le enamora del allá: estabilidad económica, ambición profesional, estabilidad psicológica y respeto casi tajante a los ocres y al gris. Lógicamente, no hay imbécil que no tenga a L. por una romántica, y a P., por un cerdo insensible.

4. Terminada la lectura de poemas y reducidas la belleza y la ficción a las sillas vacías, las cortinas echadas, las paredes rojas, un vaso de agua, bastantes libros, la luz de los fluorescentes y un autor con ganas de estar solo, llegó Popea, esposa de quien sabemos, con su máscara de tectorium y sus quinientas burras para baños cosméticos. Así las musas, casi, sin el deseo.

Madrid, 26 de julio.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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