Gildo Marçal Brandão · 19/02/2010

No hay historias cerradas, y tratándose de un medio en el que coincidieron personas de historias tan especiales, menos aún. Pero debería empezar por la noticia: Gildo Marçal Brandão, colaborador de La Insignia hasta su cierre y amigo siempre, falleció este martes a los 61 años de edad. La enfermedad coronaria que tanto nos preocupó en su momento, y de la que algunos —quizás para animarnos, quizás para animarlo— lo creíamos recuperado, se lo llevó mientras descansaba en São Sebastião, en la playa de Baleia, con su familia.

En épocas como éstas, cuando las costuras del mundo viejo se desgarran y apenas se vislumbra el cambio, existe la tentación de creer que vamos a la deriva. No es verdad. No lo es por los culpables, por supuesto, ni por su cohorte de economistas, periodistas y supuestos intelectuales cuyo trabajo consiste en hacernos creer que esto es todo, que no hay otra manera, que no podemos cambiar las estructuras ni tal vez, con tiempo, hasta mejorar la condición humana. No lo es por ellos, ni por la contraparte de quienes se niegan a dejar de pensar y evitan en todas las ocasiones, aunque raramente llegue a ser de dominio público, que se rompa el hilo rojo y la balanza se desequilibre sin remedio. Gildo era de los segundos.

Resumir el historial de un hombre con su trayectoria política y académica sería difícil aunque no mediara la amistad, que naturalmente convierte cualquier enumeración en un acto fallido y frío. Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de São Paulo, primer director de Voz da Unidade del PCB, columnista de Folha y editor de Temas de Ciências Humanas en la década de 1980, miembro de Gramsci e o Brasil, figura clave del socialismo democrático en su país y autor de ensayos tan influyentes como Linhagens do pensamento político brasileiro. Muy pocas veces, durante los años que tuve el honor de trabajar con él en La Insignia, mostró algún rastro de pesimismo; pero incluso entonces, lo hacía para extraer lo mejor, lo más útil, aunque le resultara tan doloroso como la involución del movimiento al que pertenecía. «Siempre pensé que los viejos comunistas, dispersos por el mundo —me escribía en una de sus cartas—, están en una situación muy parecida a la de los aristócratas de Tocqueville: condenados como clase, con los dientes apretados y sin ninguna ilusión, todavía pueden interpretar un último papel, el de ayudar a educar a la gente más joven y salvar la democracia para la libertad.»

Decía al principio que no hay historias cerradas; no precisamente por la memoria, que es corta y en general injusta, sino porque cada una de ellas teje su propia red y se suma a otras para formular los grandes conceptos, civilización, cultura, igualdad, fraternidad, derecho, aunque sólo unas pocas se recuerden por sus nombres de origen. Sobra decir que los amigos de Gildo Marçal Brandão no olvidaremos nunca su nombre; pero eso es lo de menos, porque ahora, en este mismo instante y desde luego mañana, serán muchos los que lleguen a sus obras y a las consecuencias de sus actos y aprendan, como nosotros, con él.

Madrid, febrero.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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