Punto ciego · 28 de febrero de 2013

La calle se abre a la derecha, entre dos grandes. En la pared que se va acercando con los pasos, se ven destellos azules; pero no hay sonido. Es la madrugada de un día de invierno y siempre se hace extraño que en pleno centro de la ciudad, entre tanta gente, no haya sonidos. El viento no cuenta; tampoco los neumáticos de un coche. Y cuando el cuerpo se detiene en la esquina, los ojos ven la otra pared.

Cuatro de espaldas, con los brazos extendidos: civiles. Muchos de lado y de frente, con cascos. Las luces de las furgonetas, que hacen bodegón por la inmovilidad temporal de todos, sorprende tan poco como el siena intenso de las farolas y el blanco del paso de peatones. Es una escena común. En otro momento habría evitado la calle o le habría buscado un punto ciego desde donde mirar, preparar la palabra escrita, ser testigo en la distancia; en éste, sin pensarlo, giro y sigo adelante. Ya no voy a dar la vuelta. El azul incluye en su grupo e involucra.

Guantes, pasamontañas, armas. Los civiles son muy jóvenes. Seguro que, en algún balcón, hay cabezas buscando ángulos que les permitan mirar. Sé que uno de los detenidos me ha visto; ha preguntado sin voz si puede contar con mi voz. Puede. Pero la pregunta siguiente, casco cerrado, no es silenciosa: «¿Adónde va?». Yo vivo aquí, digo. Responderé dos veces más antes de llegar al final de la calle y las dos serán santo y seña. Luego, busco un punto ciego.

Madrid, febrero.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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