La gente de agosto · 29 de agosto de 2011

Cuántas veces habremos estado aquí, bajo los árboles del Paseo del Prado, empezando una manifestación. De adolescentes, en Vallecas, acercarnos a Atocha era acercarnos al mundo; y marchar desde Atocha, gritarle al mundo que existíamos. Por supuesto, el mundo no prestaba demasiada atención. No quería saber que las cosas se estaban haciendo mal, que había víctimas y no sólo en los márgenes del sistema y en los barrios abandonados. Con el tiempo, la luz se apagó y quedó la resignación y la ira. Muy pocos, de entre todos los que seguían marchando, tenían realmente esperanza. Y muy pocos, de entre todos los que teníamos esperanza, la teníamos por algo más que la vieja y certera máxima del doctor Negrín: resistir es vencer.

¿Por qué regresamos este domingo 28 de agosto a un lugar tan conocido que podríamos dibujar de memoria hasta la última de las ramas del Botánico? Por una reforma de la Constitución que apesta a golpe de Estado, porque la pobreza se extiende, porque no hay futuro. Eso es obvio. Pero si se quita el ropaje de las reivindicaciones inmediatas, regresamos porque sabemos que la democracia revive cada vez que echamos a andar y que se mantiene viva hasta el momento en que nos detenemos. No lo pensamos así, no nos presentamos en el Prado con esa morralla discursiva; simplemente lo llevamos en la sangre. Quien más y quien menos ha visto lo que ocurre si la política se deja en manos de una élite.

La ciudad se volverá a llenar dentro de unos días. Con septiembre seremos más, podremos estar en más sitios y nuestra voz llegará más lejos. Sin embargo, no seremos mejores de lo que fuimos durante un agosto extraordinario, cuando nos saltamos el guión y pusimos rabia, compromiso e insistencia donde nuestros contrarios esperaban silencio. Ninguno de los agostos de Madrid, en ningún momento de su historia, se mostró con tantas ganas de ser. A la vuelta de sus vacaciones, los que tuvieron la suerte de poder huír descubrirán que la marcha ha seguido sin ellos. Será mejor que aprieten el paso, porque la gente de agosto no se contentó con resistir. Tuvo piernas y corazón por todas las piernas y corazones que faltaban.

Madrid.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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