Pobre Juan · 31/08/2011

La policía cierra el paso a los manifestantes que pretenden llegar a la sede del Partido Socialista Obrero Español. «Zona de seguridad, no se puede pasar», dice uno de los agentes mientras el helicóptero de todos los días, todas las tardes y todas las noches sobrevuela el centro de Madrid. Es la normalidad nueva. Calles tomadas, calles prohibidas, calles cerradas a cal y canto. Cualquier calle con un organismo institucional o un partido institucional es susceptible de convertirse en cualquier momento en un vacío de asfalto rodeado de uniformes.

Una hora después, los manifestantes abandonan las inmediaciones de la calle Ferraz y dirigen sus pasos hacia la sede del Partido Popular, en Génova. El helicóptero sigue dando vueltas y más vueltas. Desde algún lugar, suenan sirenas desquiciadas que compiten con el raca-raca-raca del cielo. Si éste no es otro día en un Estado policial tras un golpe de Estado que empezó económico y ya es político, esto debe de ser una comedia del absurdo. Sería coherente con los chicos del PSOE, el partido de las treinta letras, mucho nombre para poca chicha, que allá por la década de 1980 empezaron aplaudiendo el Aquí no paga nadie de Darío Fo y lo entendieron tan mal, Juan mediante, que pasaron del «orgullo de ser un gilipollas demócrata legalista» al Aquí no pasa nadie de un gilipollas legalista a secas.

Pobre Juan. El de la obra se daba cuenta de la gran farsa del Partido que se aferraba a las normas y al poder mientras la gente se hundía en la pobreza; el de las calles de Madrid, en cambio, se retrata en el inspector de Fo: «De hijos del pueblo, nada; perros guardianes es lo que somos; esbirros de los patronos para hacer respetar sus leyes, sus follones y sus bombas». Pero ya no tiene importancia. Nuestro Juan no es nadie y, además, esto tampoco es una comedia. El helicóptero sigue a lo suyo, la policía cierra el paso a la sede del PP y los manifestantes gritan «¡vergüenza! ¡vergüenza!» a la contraparte ideológica del gilipollas. Es la normalidad nueva. Cae el telón.

Madrid, 31 de agosto.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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