La quinta columna · 26/01/2012

Setenta mil personas se pudren en las cárceles de nuestro país; parece una cifra pequeña, pero en porcentaje sobre la población es de las más altas de Europa. La mayoría, el 70%, son enfermos, pobres y drogadictos. La mayoría, alrededor del 67%, están en la cárcel por robos y tráfico de drogas a pequeña escala. Y por si esa descripción no demuestra el carácter clasista de la Justicia del Reino, se debe añadir que más 22% se encuentra en el limbo de la prisión preventiva, sin juicio, sin que ningún funcionario con toga o grupo de consumidores de televisión basura haya determinado previamente su situación legal.

El miércoles 25 de enero, cinco de los nueve integrantes de un jurado declararon inocente a Francisco Camps. Como el juicio se celebraba en Valencia y la distribución política de Valencia es la que es, parece obvio que los cinco se dejaron llevar por sus simpatías y le declararon inocente por facha y por señorito, es decir, por lo que ellos son y por lo que les gustaría ser. Quizás sea cierto. Es posible que los cinco despreciaran la ingente cantidad de pruebas acumuladas contra el ex presidente valenciano porque llevan tan dentro el crucifijo y el subdesarrollo que no les queda ni dignidad ni humanidad ni inteligencia. Pero no lo creo. Seguro que uno de ellos, el quinto, votó en favor de Camps porque las pruebas le parecieron verdaderamente dudosas.

Ese quinto hombre, esa quinta mujer, es el gran problema de España. Un franquista de pensamiento, que muchas veces se tiene por progresista; un ignorante que sigue sin entender el Derecho dentro de un marco ético, social y económico determinado, según el cual las pruebas que son dudosas cuando afectan a individuos como Camps, son irrebatibles cuando afectan a decenas de miles de personas sin recursos. Ha olvidado la existencia de las desigualdades, si es que fue consciente de ellas en alguna ocasión; ha olvidado que no estaba en un tribunal en calidad de ciudadano, sino de tonto útil. Es un miembro de lo que en otros tiempos se habría llamado la quinta columna.

Madrid, enero.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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