Tres palabras · 05/01/2009

La veo de vez en cuando. No en el formato de antes, que desapareció con todas las demás cuando tuve que elegir entre el espacio y ciertos afectos, sino en el de ahora; está entre las treinta o cuarenta películas que me llevaría a una isla desierta aunque sólo pudiera reproducirlas con la imaginación. Y esa es la cuestión de hoy: que según dicen, la imaginación no necesita tocar lo que ya conoce. Si lo lleva dentro, para qué lo quiere.

La ridiculez de la pregunta, que suena bien cuando hablamos de soportes antiguos (libros, discos) contra soportes modernos, se manifiesta con claridad a prueba de tontos si cambiamos objetos por seres vivos. ¿Tocarlos? ¿Para qué, si nuestra imaginación ya los tiene? Pero volvamos a la historia.

La película es Barry Lyndon, de Stanley Kubrick. O el trío nº 2 en mi bemol mayor, op. 100, de Schubert; porque inevitablemente, con independencia de las circunstancias y del humor con que la afronte, mi memoria está clavada en la secuencia de la condesa que abandona la partida, cruza la terraza, se gira casi al final de tres minutos escasos y besa a Redmon Barry. Toda una lección de montaje y comunión de imagen y sonido. Una de las escenas más bellas e intensas de la historia del cine. Y algo más.

Ayer me llegó en mitad del sueño (no me extraña que Morfeo se ganara la muerte). Si todo fuera tan fácil como reconducir un pinchazo repentino, salido de la nada, y seguir después el día con la representación hecha y sin el pinchazo. Pero no lo es. Y para eso sirve, entre otras cosas, lo que llamamos arte; puede enseñar, puede divertir, pero su utilidad primera consiste, simplemente, en conceder un puente y un escenario a las emociones. Incluso antes de tenerlas o de saber qué es eso que grita: soy más realidad que la realidad.

Creo entender la broma del hijo de los Oniros en su visita diurna, porque soy de los que duermen de día; pero se va a quedar entre él y yo. Lo que viene al caso se resume en lo siguiente: se abren los ojos, se interrumpe lo que sea y se dedican tres horas a una obra filmada con luz natural y velas. A eso lo podríamos llamar, por ejemplo, necesidad; la del espectador que no puede despertar al siglo XXI sin pasar antes por el XVIII de unos cuantos aristócratas y un pobretón arribista. Pero yo prefiero tres palabras: intensidad, belleza, vértigo.



Post scriptum: cuidado con el idealismo de la imaginación; un sabor ácido deja más huella y tiene más consistencia. Películas, columnas, relatos, relaciones: más o menos es lo mismo. Si no toca, no es.

Barry Lyndon.

Madrid, 5 de enero.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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