Submarinos · 8 de febrero de 2010

Se dice que Luciano Varela es un hombre con un contexto político, porque de tanto investigar a tirios y troyanos en asuntos como el terrorismo y la corrupción, Baltasar Garzón se ha buscado enemigos en demasiados clanes. Se dice, en voz más baja, que Luciano Varela es un hombre en un contexto jurídico; concretamente, una «ley de memoria histórica» con espíritu de ley de punto final y el marco que el PSOE y el PP establecieron al limitar la aplicación del principio de justicia universal en España. Pero Luciano Varela también es una idea de gran tradición en nuestro país, la que dicta que investiguen otros; o mejor aún, nadie.

Según Varela, aplicar las leyes internacionales en materia de crímenes de lesa humanidad es prevaricar; con un argumento de tal calado, resulta lógico que hasta los medios de comunicación admisibles, los que no se apoyan en la ultraderecha ni militan estrictamente en la venganza o en la razón de Estado, subestimaran las reflexiones filosóficas del auto. Como se deduce de algunas de sus afirmaciones, especialmente de las contenidas bajo el título evocador de Juicio de probabilidad sobre el elemento subjetivo de la prevaricación, el juez del Tribunal Supremo no estaba tan preocupado por las interpretaciones de la ley como por la vieja cuestión del individuo y la masa.

Varela es explícito al respecto. En primer lugar, deja caer que el orden previo es un fin y que el simple hecho de que nadie, antes que Garzón, hubiera investigado los crímenes del franquismo «debería sugerirle que esa extensa inhibición (..) estaba jurídicamente más justificada que su singular iniciativa»; o en otras palabras, no hay más verdad que el status quo. En segundo, que los actos del individuo sin la masa son necesariamente subversivos, porque al oponerse a la tradición académica, Garzón insinúa por fuerza «que nos encontramos ante una especie de conspiración de silencio de la que serían protagonistas todos quienes le precedieron en el escalafón judicial y en el Ministerio Fiscal».

Habrá quien piense que eso, una conspiración de silencio, es precisamente lo que tenemos desde que la transición decidió que el franquismo había sido una dictablanda ajena a Hitler, a Mussolini y a lo que se juzgó por parte alemana en Núremberg. Pero Varela dispara a otra parte; más que un hombre con contexto jurídico y político, es un hombre a la altura de las circunstancias de España. No se acusa a Garzón por el capricho de los crímenes contra la humanidad, sino por lo mismo que a tantos españoles de fama post mortem, desde Isaac Peral hasta Miguel Servet: la arrogancia de creerse con derecho a investigar y la de descubrir cosas, aunque sean submarinos, que mueven la silla de fulano, mengano o Dieguito, por ejemplo, el secretario servil de Luces de bohemia.

Madrid, febrero.

Publicado originalmente en Nueva Tribuna.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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