De poetas y diablos · 02/12/2019

El Campo de Calatrava ofrece más de lo que sospecharía un viajero poco instruido. Por ejemplo, docenas de asomos volcánicos que se llenan de agua cuando llueve y crean lagunas, conocidas como hoyas o maares; por ejemplo, volcanes propiamente dichos, como los de la Sierra de Valenzuela (Cerro Gordo, La Sima, Cuevas Negras, etc.) y, descontada la sorprendente arquitectura natural, localidades cuya arquitectura humana merece bastantes visitas, empezando por la antigua de la sede de la Orden que da nombre a la comarca: Almagro, donde tuve ocasión de pasar tres días en julio del año 2019. Íbamos a su Corral de Comedias, el más antiguo del mundo; y no íbamos a mirar, sino a estrenar una versión de una de las grandes obras de la literatura universal, El diablo Cojuelo, de Luis Vélez de Guevara. Pero, para explicar el motivo, hay que viajar a Madrid.

En la calle Mayor, justo enfrente de la Plaza de la Villa, se alzó en su día la Iglesia de San Salvador, en cuya torre empieza el «discurso» —que no la aventura— de lo que algunos consideran simple ocurrencia barroca y Vélez de Guevara subtituló así, adelantando la verdadera y frecuentemente olvidada naturaleza de sus páginas: «novela de la otra vida traducida a ésta». Y para entender qué es esa vida, que no tiene cimientos particularmente mágicos, no hay nada mejor que el barrio de los Austrias, terreno lúdico y profesional de tantos autores del pasado y el presente. Si se gira a la derecha de la placa que recuerda la obra, se encontrarán los nombres y desde luego los pasos de Cervantes, Quevedo, Calderón, Garcilaso y Lope de Vega, entre otros; si se gira a la izquierda, hacia poniente, se llegará a una de sus consecuencias más brillantes, Ramón María del Valle-Inclán, tan familiar de algunos de ellos como Vélez de Fray Luis, Marcial o Luciano de Samósata. Pues bien, ésa es la otra vida que alguien debía traducir: la de los poetas en el sentido clásico del término, pared maestra del viaje de un estudiante que escribe y un diablo extraído de las leyendas castellanas que no está en él para hacer pócimas amorosas —como en los conjuros de las brujas del s. XVI, enfatizados en nuestra versión escénica— sino para ser reflejo de las dichas, desdichas, esperanzas y desencantos del oficio literario, escenario real de la obra y juego entre bastidores.

Quien se tome la molestia de consultar el manuscrito de la Academia Burlesca del Buen Retiro de 1637, presidida por el autor, lo comprenderá enseguida. Las academias burlescas eran justas literarias que hoy se prohibirían con toda seguridad por su carácter libre y subido de tono; pero, sin entrar en dicha cuestión, que exigiría tratamiento aparte, resulta que El diablo Cojuelo está en el mismo plano. No se trata de que la realidad y la ficción tengan cada una su propia Academia, ni de que la primera esté abarrotada de nombres, referencias y hasta párrafos enteros de la segunda. Lo está de forma literal, porque Cleofás y «el espíritu más travieso del infierno» se salen de la narración en ese espacio y muestran la gran metáfora de la novela. Son poetas entre poetas, hablando con la literatura y alzándose contra las canalladas de la vida, transitoriamente felices; son reportaje sin el disimulo de la famosa escena del mesón de Toledo, cuyo extravagante y encendido dramaturgo que paga su hospedaje con textos destinados al fracaso no es ni más ni menos que el propio Vélez de Guevara, riéndose de sí mismo y, por si no estuviera suficientemente claro, son un abrumador y fantástico tesoro de homenajes secretos y guiños de complicidad a unos autores (Cervantes, Ana Caro) y burlas de otros (el manierista Juan Díaz Rengifo). Como de costumbre, el siglo XVII da una lección magistral al resto de los siglos en forma, profundidad y espíritu subversivo, haciéndose eco de la mejor tradición griega y romana.

Dicho esto, vuelvo a la calle Mayor de Madrid. Fue aquí, hablando con Vélez y nuestro diablo favorito donde se gestó la propuesta que llevamos a Almagro, convencidos de que el autor de Écija vería con buenos ojos la inmensa traición de convertir en teatro una obra que —véase el Prólogo a los mosqueteros de la comedia—, escribió en prosa para vengarse del propio mundo del teatro, libre al fin de unos individuos que «no saben deletrear», que nacieron «para número de los demás» y que esperan como peces boquiabiertos «el golpe del concepto por el oído (...) y no por el ingenio». Nos pareció entonces y nos parece ahora que no se había hecho justicia ni a la obra ni al autor, parte de cuya intención crítica se oculta, mitiga o anula para no incomodar a la superestructura que es constante ruido de fondo y sólo se ve en las figuras de sus subalternos y en un espejo sevillano que muestra imágenes en directo, como la televisión: el poder. Condes, marqueses, duques, príncipes, reyes, contrapuestos a unos autores que deben mendigar sus favores para sobrevivir y a un pueblo que los contempla desde el asombro y la miseria intelectual (Rufina María) o la miseria económica (casi todos). El poder en calidad de dios, que es lo que ha sido siempre, y con el sarcástico agravante de que, no estando el dios de las gentes del Libro en ningún lugar de El diablo Cojuelo, Lucifer existe y también tiene policía.

Calculo estas líneas a pocos metros de la torre cuyo reloj «daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo al descanso del sueño» cuando Cleofás y Cojuelo hicieron pie en ella. Como ya he mencionado, la torre y su iglesia desaparecieron; pero su reloj pasó al chapitel de la esquina de Mayor del Ayuntamiento, que los nobles de hoy, tan hueros como los de entonces, se llevaron a Cibeles. No es verano, sino otoño. La lluvia que forma charcos en las hoyas urbanas ha vaciado el lugar y, si se oye una campanada dentro de cinco minutos, que son los que faltan para la hora prima, será probablemente en asomo volcánico de la plaza, muy predispuesta a sugerir ideas a la imaginación. Sin embargo, las obras tienden a nacer así; hasta las versiones de las obras tienden a nacer así, y la nuestra —que de momento forma dilogía con Ambiente familiar (mínimo dos noches), de la que somos autores— se debe a la intemporalidad de este Madrid barroco donde los fantasmas de los grandes maestros y muchos de sus personajes se mezclan con los pobres tirados en las aceras, los repartos de alimentos, la indefectible hidalguía de pose y la profusión de alguaciles cuyas órdenes son escasamente civilizatorias, por no decir algo peor.

Cuando llegamos a Almagro, la lógica de la representación ya había instalado su tapete para la baraja de la palabra escrita, con todo lo que implica eso; pero, al traspasar el zaguán del Corral de Comedias, espacio verdaderamente único, tuve la sensación de que había regresado al apasionante trabajo de investigar y escribir mientras conversábamos con el autor y, por supuesto, la ciudad. En Madrid, sus personajes están en nuestro tiempo sin dejar de estar en el suyo; en el Corral, nosotros estábamos en el suyo sin dejar de estar en el nuestro. Todo era real, ficticio, literatura. Y en esa pasión compartida, de precio alto y alegrías breves, un par de poetas de hoy hicimos lo que queríamos: ejecutar de nuevo la venganza de Luis Vélez de Guevara o, como poco, la travesura del Cojuelo cuyos doblones se transforman en ceniza «porque no faltase lo que suele ser siempre del dinero que da el diablo».

Madrid, diciembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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