Presentación de El granuja espacial, de Fredric Brown · 29/11/2008

Si Crag y Doc Staunton, protagonistas respectivos de El granuja espacial (1) y La mente invasora (2) hubieran coincidido en una novela hipotética de Fredric Brown, habrían saltado chispas. En apariencia son personajes opuestos: el antihéroe, ex astronauta ladrón, asesino y dispuesto a casi todo con tal de recobrar la libertad, y el héroe tranquilo, profesor de física del MIT, cuya mayor preocupación es disfrutar de unas vacaciones. Ninguno busca otra cosa, pero los dos la encuentran. Con resultados que, como se verá a continuación, no son totalmente distintos.

Cuando se publicó El granuja espacial, la crítica la consideró una obra menor, o por lo menos desigual, en comparación con Universo de locos (3) y ¡Marcianos, largo de aquí! (4) Hasta cierto punto, es lógico que la sensibilidad de la época no apreciara las circunstancias de Crag; su falta de complacencia lo adelantaba tanto a su tiempo que sólo el tiempo podía hacer justicia. Incluso en “Puerta a la oscuridad” (5) y “Puerta a la gloria” (6), los relatos que complementan y anuncian el universo de El granuja espacial, hay detalles que apuntan en la misma dirección.

Con el personaje de Crag, Fredric Brown profundiza en una virtud muy propia de él: la valentía. Mientras en Las estrellas desafiantes (7) se atrevía a cargar contra el trasfondo político y económico de la carrera espacial, en El granuja da un paso adelante y convierte la crítica y la esperanza de la primera en ruptura y desesperación; es el grito que aún tardaría unos años en alcanzar otros ámbitos del arte: “No hay futuro”. No desde el punto de vista de la especie, que es el de Max Andrews en Las estrellas desafiantes; tal vez sí, en cambio, desde el punto de vista del individuo.

Crag odia a las mujeres, desprecia a los homosexuales y rechaza cualquier actitud que considere síntoma de debilidad; no era plato para políticamente correctos en 1957 y sigue sin serlo. Las lecturas superficiales de la novela tienden a buscar una incoherencia entre el filo del ex astronauta y lo que amenaza con convertirse en una redención. Pero no la hay. Crag es un personaje romántico, obsesionado con la pureza; busca la libertad y la ejerce en todas las circunstancias a las que se ve abocado, desde su encuentro con el juez Olliver, arquetipo de la corrupción del poder, hasta el nuevo principio en Cragon. Porque en última instancia, y esto también es típico de Brown, incluso los misóginos hallan la horma de su zapato.

El fondo amargo de El granuja espacial está tan lejos de La mente invasora como Crag de Doc Staunton. Incluso en sus contrapartes: del asteroide que busca otras formas de vida pasamos al delincuente deportado que pretende volver a su mundo para organizar la invasión de la Tierra. De todos ellos, la entidad es el único que quiere redimirse; pero tiene la mala fortuna de toparse con un físico y con un personaje secundario, Amanda Talley, maestra de escuela, que Brown define así: “de haber llevado un sombrero anticuado y un paraguas habría sido exactamente igual que su idea de la detective Hildegarde Withers, el personaje de Stuart Palmer”.

Con La mente invasora, Fredric Brown recupera la idea de la posesión, que ya había utilizado en “Ratón” (8). Publicada parcialmente en el último número de Fantastic Universe (marzo de 1960), tuvo que esperar otro año para llegar de forma íntegra a los lectores y algo más para conseguir el reconocimiento. Como de costumbre, el eclecticismo del autor, que no respetaba las fronteras entre géneros, obtuvo el pago de la incomprensión. Ni su ironía y su sentido del absurdo, que aquí determinan incluso el escenario, podía salvar a La mente invasora del pecado de ser no sólo una magnífica novela de ciencia ficción, sino también de serie negra. En gran medida, el éxito escaso de La mente invasora en comparación con Universo de locos y ¡Marcianos, largo de aquí! deriva de su carácter extravagante, en el sentido de fuera del orden.

A Doc Staunton, hombre bajo, canoso, de cincuenta años, le sobra en tiempo y paciencia lo que a Crag en contundencia y prisa. Cuando aparece en escena, la entidad ya ha tenido ocasión de estudiar, poseer o controlar a la mitad de la fauna de la zona y a varios seres humanos; lo suficiente para sentirse segura. Matar a un perro, Buck, por el procedimiento de arrojarlo contra un coche, no se antoja peligroso; salvo que el conductor sea una de las mentes más brillantes del país. Entonces se corre el riesgo de que los detalles, el cómo, el dónde y el cuándo, que en Fredric Brown siempre están limpios de adjetivos y trucos de feria, despierten su curiosidad con lo que hermana a un físico y a un ex astronauta borracho: la desconfianza.


(1) Rogue in Space (1957), incluido en este volumen.
(2) The Mind Thing (1961), incluido en este volumen.
(3) “What Mad Universe” (1949), en BROWN, Fredric, Universo de locos, y otras novelas de marcianos, Barcelona, Ed.Gigamesh, col.Ficción núm.40, 2007.
(4) “Martians, Go Home!” (1949), íbidem.
(5) “Gateway to Darkness” (1949), incluido en este volumen.
(6) “Gateway to Glory” (1950), incluido en este volumen.
(7) “The Lights in the Sky Are Stars” (1953), en BROWN, Fredric, op. cit.
(8) “Mouse” (1949), en Ven y enloquece, y otros cuentos de marcianos, Barcelona, Ed. Gigamesh, col.Ficción núm. 29, 2005

Fredric Brown, El granuja espacial y otras novelas de marcianos
Editorial Gigamesh. Col. Gigamesh Ficción, nº 44
Barcelona (España), 2008.
Colección dirigida por Alejo Cuervo
Traducción y prólogo de Jesús Gómez Gutiérrez.

Publicado originalmente en La Insignia por cortesía de Gigamesh.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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Comentarios

  1. Felicitaciones, Jesús.

    — L. · 19 diciembre 2008, 14:58 · #

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