Cronista · 25/03/2009

1) Ningún lugar es mejor ni más bello que el más normal de sus días laborables. Gente que va, gente que viene, tiendas abiertas y furgonetas de reparto sin la excepcionalidad de una fiesta o de un clima que rompe lo previsible y desde luego sin la enmienda a la totalidad de la noche, que es asunto diferente: los Austrias a las tres de la madrugada, Malasaña a las cinco, Granada y Toledo y Córdoba y Cádiz a cualquier hora a partir de las doce, tan vigilantes y desnudas que parecen otro mundo aunque son el mismo, pero con eco.

2) Toda esta luz, amarilla, blanca y amarilla, y todos los cielos azules hasta el final de la Calle de la Palma, donde un edificio la interrumpe y bloquea el paso del oeste, con el hotel de Princesa al fondo y más allá la cornisa, la Casa de Campo, la Sierra. Todo esto, digo, no ha estado nunca. Y si lo ha estado, yo no estuve. Y si lo estuve, debió de ser otro yo, con otra actitud y otras manías, porque no puede ser que recuerde hasta el último de los detalles y los asocie con hasta el último de los nombres y aún me parezcan ella, sus habitantes, yo, una pizarra limpia donde no se ha escrito nada ni falta que hace.

3) El del taller mecánico tiende a frotarse la barbilla. Las de la librería son, obviamente, las de la librería. El tipo de la floristería canta y canta mal. El dueño del estanco no regala mecheros (salvo a las faldas). Puedo mencionar tres establecimientos de origen, finalidad y clientela desconocidos, incluido el kiosco de prensa y excluido el local vacío con tres televisores. Sobran locutorios y tiendas de ropa. Esto parece un mueble. Eso es un perro. Marzo huye.

4) Por si lo dudabas, aquí también hay un balcón; pero da a un patio, y como sólo es el primero de los patios sucesivos de ciertas manzanas del centro, el balcón no da particularmente a un patio sino a un trasiego de cabezas que se pierden por los pasillos y las escaleras de la casa dentro de la casa. A veces, alguna mira y me alcanza entre los tendederos, la persiana a medio bajar y las plantas que he dispuesto a sus pies, en parte porque es su sitio y en parte porque las hojas y ramas permiten prescindir de cortinas. Así que ahora, cuando la nariz me pide un dedo, llevo smóking.

Madrid, marzo del 2009.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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