Amigos · 23 de abril de 2011

Es un charco largo, estrecho y negro; tan largo como toda la fila de sillas y mesas que están encadenadas y tan negro como toda la suciedad de una acera bastante más larga que el charco. Cuando la escoba va, duro hacia delante, el agua refluye y se pierde por los surcos de las losetas, pero casi toda vuelve al punto de partida. Según el reloj de una joyería cercana, son las cinco y veinticinco.

—Déjalo ya —grita una voz. Lo grita desde el otro lado de la avenida, pero se oye.
—No. Alguien tiene que hacerlo —dice el de la escoba. Lo dice tan bajo que no se oye, pero el del grito se burla: «alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que hacerlo». Quizás lea los labios.

Durante el lapso posterior, más largo que el charco largo que pasa de bajamar a pleamar, el del grito entra en su local y sale con un paraguas. Lo abre, camina hasta el paso de cebra, cruza la avenida y se planta junto al de la escoba.

—Te vas a empapar. —Silencio—. Haz lo que quieras, pero te vas a empapar y el charco va a seguir como estaba. —Más silencio. Toca cambio de conversación—. ¿Te has fijado en la camarera nueva del club? Tiene un culo precioso. Vino anteayer al bar porque se habían quedado sin hielo... no me fijé cuando entró, pero me fijé cuando se alejaba. Quiero que se aleje de mí todas las noches.

La escoba se detiene. Claro que se ha fijado: lo piensa pero no lo dice. Tendría que estar ciego para no fijarse. Es un culo perfecto, siempre embutido en mallas ajustadas o pantalones cortos y ajustados porque a fin de cuentas es un culo que trabaja. Atrae a los turistas con el culo y les echa garrafa por la boca.

—Apártate un momento —ordena.

El del grito se aparta, pero inclinando el paraguas para que le cubra un poco. La escoba roza, con un siseo seco al principio y un gorgoteo al final, de agua batida. La lluvia no remite. Puede que el charco sea menos negro. Según el reloj de la joyería, faltan minutos para las seis.

Madrid, abril.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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