Un tiro · 13/10/2013

Merece un tiro. En la frente –dice–, mirándola a los ojos. Y mientras la voz de la desesperación se apaga por Carmen, yo pienso que la boca de la que ha salido se ha quedado corta: puestos a matar con palabras, convendría alargar la descripción con detalles que acerquen el sufrimiento del verdugo, por una vez víctima, al sufrimiento de sus muchas víctimas. Al fin y al cabo, la chica que se aleja no desea la muerte a cualquier persona; se la desea a una especialista en destrozar la vida de los más débiles, burlarse del dolor de los más débiles y, a veces, con la tranquilidad de quien se sabe impune, acusar a los más débiles de ser un montón de ladrones.

La señora vicepresidenta no acusa a la ligera. Sabe lo que hace cuando miente sobre medio millón de parados con prólogo de tecnócrata y epílogo triunfal: «Más de medio millón de perceptores indebidos de prestaciones por desempleo. ¡Medio millón!». Es consciente de que sólo son seis mil entre casi tres millones de parados con derecho a algún tipo de migaja. Pero lo dice de todos modos. Tiene que alimentar la inmensa incultura y la total falta de humanidad de sus votantes. Así, tan mezquino como parece. Arrogancia de clase para los ricos y pienso de baja calidad para la masa de siervos que apoya a sus enemigos a través de la religión, el odio, el miedo, la fascinación por el poder, sus castradísimas y muy ridículas neuronas. Siempre ha sido la ley del más fuerte, apoyada en la ignorancia del más idiota.

Sí, chica de Carmen. Es obvio que esto no pasaría si la señora vicepresidenta y sus correligionarios, acostumbrados a matar pulsando un botón, creyeran que las palabras se pueden convertir en balas. También es obvio que no pasaría si el mundo no fuera, simplemente, el mundo. Pero no dejes que te digan que la imaginación es violencia; dispara en tu pensamiento tantas veces como quieras y sigue adelante. La violencia está en la realidad y, por ahora, es toda suya.

Madrid, octubre.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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