Roma no paga traidores · 19 de noviembre de 2010

Nadie ha dicho que sea fácil. Un país medio, España, atrapado entre el interés de los grandes y el de un protegido de los grandes, Marruecos, que a su vez es otra cosa en el gran juego que empieza o termina, según se entienda, en Afganistán. Incluso si tuviéramos el peso político que no tenemos, seguiría siendo una situación extraordinariamente peligrosa. Todo eso es cierto. Y también es cierto que pedir firmeza con Rabat mientras se aboga por reducir nuestra capacidad de disuasión, como hace parte de la izquierda, resulta ingenuo e incoherente.

Pero hay defectos peores que la ingenuidad e incoherencias más graves que la relativa a los presupuestos militares. Por ejemplo, un Gobierno que no sólo es incapaz de fingir una simple condena verbal de lo sucedido en el Sáhara, con todo lo que significa el Sáhara para España, sino que además deja en la estacada a sus propios ciudadanos y confiesa en voz alta, tranquilamente, que teme las posibles represalias del régimen marroquí. El Gobierno no se puede excusar tras la realpolitik para lavarse las manos; si ése es el factor principal, no hay nada más peligroso para España que la debilidad de nuestra política exterior; si el objetivo en el norte de África es la democracia, condición sine qua non de nuestra seguridad, no hay nada más peligroso para España que conceder un cheque en blanco a una dictadura. Aunque también sea cierto que no es la peor de las dictaduras árabes. Ni lo peor que podríamos tener al sur.

Hace unos días, durante la visita del Papa a nuestro país, tuvimos ocasión de comprobar el alcance real del problema. Contemporizar, verbo intransitivo: acomodarse al gusto o dictamen ajeno. El Gobierno, que acaba de renunciar a la reforma de la Ley de Libertad Religiosa para no molestar a la Iglesia católica, esperaba una actitud condescendiente por parte de Ratzinger y recibió lo mismo que tras la mejora del concordato de la dictadura: otra bofetada y otro recordatorio de que Roma no paga traidores. Quién sabe, puede que sea una estrategia destinada a desconcertar al rival, dentro de esa maravilla de la inteligencia política que llaman alianza de civilizaciones, pero se supone que hablamos de realpolitik. Si un Estado minúsculo puede ridiculizar reiteradamente al Gobierno y forzarlo a cambiar de ideas, cualquier Estado puede.

Con su debilidad y con su rendición al conservadurismo, el Partido Socialista está destruyendo la base cultural y social de la izquierda. Ya no se trata de los saharauis ni de España, Marruecos, Francia, EE.UU. y el montón de sátrapas que explotan a sus pueblos en nombre de Alá; ni siquiera se trata de la ética en un sentido estricto, sino de una elección entre dos modelos pragmáticos: el de la reacción, que alimenta la ignorancia y el miedo porque necesita súbditos, y el de las democracias avanzadas, que no pueden funcionar sin cierto grado de confianza en la justicia y la equidad en las relaciones, es decir, en un concepto amplio de los derechos humanos. Ése concepto es la primera víctima de la política exterior de Zapatero. Y de la política económica, que no es otro tema.

Madrid, noviembre.


También publicado en Nueva Tribuna.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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