Laboral · 29 de agosto de 2009

Son las únicas calles del barrio de Salamanca que me enamoran: Jorge Juan, Ayala, sobre todo Hermosilla y los números bajos de las transversales estrechas, como Claudio Coello y Núñez de Balboa, por donde camino. Tienen lo que le falta a esta zona cuadriculada y pomposa que de tanto oponerse al alma de Madrid, que es de lumi apoyada en un balcón, resulta el desMadrid perfecto; tienen vida, sangre en las venas.

A las diez menos veinte entro en el edificio. Hace tiempo, cuando las grietas de las paredes se pusieron serias, la editorial abandonó el laberinto de despachos y corredores y se mudó a uno de esos espacios diáfanos, en plan redacción de periódico, donde la intimidad se reserva a los cuartos de baño y los establos de los jefes. La recepcionista es la única excepción; la han metido en lo que parece una taquilla de Metro y se gira hacia mí con más simpatía que de costumbre, quizás porque han pasado muchos meses desde la última vez. Pregunto por M.E., responde un momento y entonces aparece A., correctora.

Éste es un negocio extraño; por nuestras manos pasa un río de historias que entretienen o aburren a miles, pero todo el proceso, al menos en la parte que nos toca a ella y a mí, es de una soledad apabullante: compartimos mucho, hablamos poco y nos vemos menos. El abrazo de A., mujer firme, eficaz, con un fondo juguetón cuando está de buenas, es el de una prima hermana que un buen día, si se dan las condiciones, construirá el patíbulo donde me ejecuten. Sin embargo, no será hoy. Han pasado seiscientas cincuenta o setecientas mil palabras sin noticias de A., lo cual significa que A. no está especialmente disconforme con mis seiscientas cincuenta o setecientas mil palabras. Un alivio.

La conversación (uri, vinciri, verberari, ferroque necari), se interrumpe cuando aparece M.E., objetivo de mi visita. ¿Desde cuándo nos conocemos? Si el juego se desarrollara en un sector distinto, las estanterías de M.E., abarrotadas de libros en líneas de dos y hasta de tres en fondo, estarían llenas de premios. Hablamos de trabajo, le entrego un sobre, me da otro y luego se produce un acontecimiento extraordinario: nos vamos a tomar un café. Lo que se dice en esa barra, que es de cristal, acero y taburetes de tapete de billar, queda entre nosotros; hemos pasado al mundo exterior, donde mi querida editora no ordenará toma esa colina ni yo la tomaré antes de que termine la frase porque es la única forma de estirar la paga.

Catorce, quince, dieciséis años: los míos. Algo más: dos o tres. La mayoría se quema en seguida; no puede soportar el ritmo o encuentra guerras más fáciles y más rentables que, además, terminan en desfile. Y ahora, tras la despedida, me pregunto qué echaría de menos si las circunstancias no me obligaran a seguir. Las noches interminables con victorias imposibles; el hito más absurdo de mis vidas paralelas; la libertad, antes y después, del corsario; y en particular, esta excusa para salir a Goya, calarse las gafas de sol y volver tranquilamente a la ciudad real.

Madrid, agosto.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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