Leones · 21 de diciembre de 2011

El león era el segundo según se baja por la Carrera de San Jerónimo. A efectos oficiales sería Velarde, porque se supone que los leones del Congreso se llaman oficialmente Daoíz y Velarde; a efectos populares sería Malospelos, porque se supone que Benavides y Malospelos son sus nombres matritenses desde que Clarín los ironizó a lo bestia en León Benavides a partir de una cita breve de La prudencia en la mujer, de Tirso de Molina. Pero la inocentada no habría engañado a tantos si no hubiera sido tan coherente con los recortes de nuestros Gobiernos. Muchos creían que los leones se habían hecho de nada, chapa pura y fácilmente levantable, como la estructura política y económica del país.
Más de un siglo después, la inocentada volvería a ser creíble: España sigue siendo Reino y, por ende, una chapuza. Además, un Congreso como ése no merece dos leones. Para encontrar leones merecidos, hay que pasar de la política a la piel, lo cual nos lleva a la Cibeles. Pero ésa es otra historia; la de dos amantes, Atalanta e Hipómenes, a los que Zeus convirtió en reyes de la selva tras descubrirlos haciendo el amor en uno de sus templos. Cibeles se apiadó y los unció a su carro para que estuvieran juntos. Y aun así, como los del Congreso, se niegan la mirada.
Madrid, diciembre.
— Jesús Gómez Gutiérrez
A mí qué me importa / Revolución