Celenque · 22 de noviembre de 2012

A un lado, familias desahuciadas que luchan por sus derechos; al otro, Cortilandia, fiesta del mal gusto a cuenta de un gran centro comercial. Es obvio que al sistema le desagradan las metáforas sutiles. Las prefiere rotundas, esperpénticas. Y como las familias conocen el Reino, temen que la policía las desaloje a golpes para dejar campo libre a los villancicos, las ofertas de Navidad y los muñecos de colores estridentes.

Todo nuestro país está ahí, resumido. Por la política y especialmente por la cultura, aunque en general no sea tan fácil de ver. A un lado la exclusión, la calle, el dolor, la pobreza; al otro, el espectáculo, luces, acción, lo mismo en el Madrid de las fachadas traseras como en el cine, el teatro, la pintura, la música, rebosantes de talento para buscar los focos y dúctiles y cobardes con el poder, que a fin de cuentas paga. Por eso no hay narración de estos tiempos; o al menos, no donde se supone que vive la cultura. Arden en deseos de ponerse una cabeza amarilla y saltar.

Por el bien del arte, espero que los antidisturbios no estropeen la imagen de Celenque. A un lado y a otro. Rojo, negro y la bola gira; si cae en rojo, los pobres podrán seguir un día y una noche más; si en negro, quién sabe: la megafonía del centro tiene potencia de sobra para acallar su voz. Y si no es la megafonía, serán los padres y los turistas con sus niños, convertidos en escudos humanos.

Madrid, noviembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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