Pasado de rosca · 12 de enero de 2024

Empieza un año cualquiera, termina un año cualquiera; y sin salir del 1 de enero, porque todos empiezan y terminan desde hace décadas el 1 de enero. Es uno de los grandes triunfos del capitalismo, por no decir el mayor. Los relojes avanzan, los calendarios cuentan su verdad numérica y las células envejecen como siempre; pero, a efectos políticos, el único movimiento que rompe la quietud es el de un tapón pasado de rosca, que gira y gira sobre el eje de la explotación de miles de millones de personas sin más sobresaltos que los reajustes y tropiezos del sistema central.

¿Cómo es posible que se haya llegado a este punto? Cómo no, más bien. En las supuestamente cultas y avanzadas sociedades de Occidente, el estancamiento de sus estructuras, la implantación de una verdadera dictadura mediática dedicada a distorsionar la realidad y la consecuente extensión de la cultura pequeñoburguesa ha conseguido dos cosas: la primera, limitar el margen de lo posible a los dictados de la élite, cada vez más parecida a la aristocracia del Antiguo Régimen; la segunda, que la población asista a su propia precarización y a la destrucción de toda pretensión de justicia social sin mover un dedo. Lo que en el siglo XIX habría provocado un sinfín de revueltas, revoluciones y crisis generales, ahora no provoca nada. Se espera que el mundo cambie por arte de magia, se asume la situación con normalidad de esclavos o se encomiendan presente y futuro al viejo y reaccionario lema de «sálvese quien pueda», aunque suela estar clavado en la puerta de los cementerios.

Vivienda, trabajo, derechos, elijan. No verán ningún cambio sustancial que no implique un deterioro de circunstancias ya inadmisibles, ni a lo largo de este año ni después. Los nuevos marqueses, condes y duques que dirigen nuestras naciones mantendrán su ficción de diferencias ideológicas, y huelga decir que la máquina de propaganda funcionará día y noche para impedir que algún sector relevante se rebele, pero el tapón seguirá dando vueltas sobre sí mismo. Quien lo puso ahí sabía lo que estaba haciendo. ¿Lo saben ustedes?

Madrid, enero.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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