Atajo · 08/06/2014

Ya he dicho lo que pienso. Si alguien quiere legitimar la monarquía mediante el disparate de admitirla como opción en un plebiscito, que no cuente conmigo. Por muy constitucional que se vista en las instituciones del pueblo, un rey es una excepción a la igualdad y, por irresponsable y ajeno al sufragio, a la libertad de los demás. «No se puede reinar inocentemente», resumió Saint-Just; «todo rey es un rebelde y un usurpador». Sólo espero que, a la sombra de la ocurrencia plebiscitaria, no haya quien pida, en el futuro, referendos que permitan la opción de la esclavitud o la pena de muerte. Dice el refrán que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, categoría en la que tal vez caben el tacticismo y la demagogia; pero eso no sirve de consuelo cuando se olvida que los derechos fundamentales no se pueden someter a ningún proceso que incluya la posibilidad de que se suspendan o limiten. ¿De qué se trata entonces? De conseguir una mayoría social para conseguir una mayoría política que redacte y someta a referéndum una Constitución nueva; una Constitución que asegure la igualdad de todos los hombres y mujeres, sin excepción alguna; una Constitución que, en consecuencia, sólo puede ser republicana.

Algunos compañeros creen haber encontrado un atajo. Alegan que lo esencial no es la República, sino la democracia, soslayando el hecho de que los términos República y democracia son, como afirmaba Robespierre, sinónimos. Se escudan tras un juego de palabras porque piensan que anunciar sin más la abolición de la monarquía despertaría el temor y hasta el rechazo de varios sectores. No les falta razón, pero la suya es la razón de uno de nuestros peores adversarios, el encubrimiento en lo público, la falta de transparencia. Citaré por segunda vez a Robespierre: «Dejad las tinieblas y el escrutinio secreto a los delincuentes (...) los hombres libres quieren tener al pueblo como testigo de sus pensamientos». Y por tercera: «La razón y la elocuencia; he aquí las armas con las que hay que atacar los prejuicios». Cada vez que disfrazamos la realidad, postergamos debates, controversias y síntesis que son esenciales para el problema más urgente, la extensión de la cultura republicana desde una acción clara y decididamente republicanista. A veces, los atajos son la mejor forma de no llegar a ninguna parte. Y si logramos así nuestros fines, ¿de qué nos serviría? También Robespierre, en los meses anteriores a la proclamación de la República, se preguntaba: «¿Qué importa que el fantasma llamado rey haya desaparecido si el despotismo se mantiene?» Empecemos por la verdad, por antipática que sea.

Madrid, mayo.


— Jesús Gómez Gutiérrez

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