Cumpleaños · 3 de febrero de 2011

Sale de Maravillas a San Bernardo, un par de zancadas por delante, y como llevamos el mismo paso en este domingo frío, de penúltimo día del primer mes del año, las distancias se mantienen. Estamos tan cerca que oigo su tarareo, pero no tanto como para resultarle, resultarme, incómodo; a la separación del par de zancadas se añade otra lateral que normaliza la situación.

Lleva dos bolsas grandes de supermercado, una en cada mano. Por la forma del bulto y lo que se alcanza a ver, la bolsa de la izquierda contiene una manta, una toalla de baño y prendas de vestir, además de un cartón de vino. El contenido de la derecha no es tan evidente; las esquinas que casi rompen el plástico podrían ser cajas de medicamentos y quizás lo sean en algún caso, pero la mayoría están duplicadas de un modo particular: son esquinas de libros, metidos entre más ropa y coronados con un par de botes y un bocadillo envuelto en papel.

Las bolsas pesan, aunque las lleva sin esfuerzo aparente, haciéndolas oscilar al ritmo de la canción que tararea. En determinado momento, las gira hasta que las asas estrangulan sus dedos y luego suelta para que giren solas en dirección contraria.

Sólo es alguien que camina por delante. En otra época, habría llamado la atención porque los vagabundos no iban de aquí para allá con bolsas cargadas de libros, pero ya no extraña. Los tiempos han cambiado. Un golpe de mala suerte, un desahucio, un despido y cualquier trabajador medio puede caer del mundo de los derechos, con su Estado que parlotea contra fondos azules y sus sindicatos que negocian normas, al mundo sin derechos, del que esos sindicatos se desentienden y donde el Estado es la policía y unos payasos que salen en los televisores de los bares.

Cuando las bolsas dejan de girar y vuelven a la oscilación, su dueña ha dejado de ser mobiliario urbano, como todos para todos; hay un motivo, el reconocimiento en el juego, pero carece de importancia. Ahora, los ojos querrían saber quién está bajo el anorak largo y oscuro que esconde la silueta y el estilo de mover las caderas y los hombros. De su dictadura escapan dos manos, unas botas desgastadísimas y una melena rizada, recogida con una goma. Insuficiente para crear un recuerdo.

Madrid.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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