Palacio · 16 de septiembre de 2013

Ahora es cuando digo: la ciudad más inexistente de España es Madrid. Y además, lo argumento: son pocos los que hablan de ella hablando de ella y no de otra cosa. Pocos por abajo y casi nadie por arriba. Se confunde con el Estado, con el Gobierno, con un puñado de grandes empresas y medios de comunicación. Se hace patria y saco de boxeo con su nombre, del que todos son sílabas con la extraña excepción de todos los que vivimos y trabajamos en la ciudad.

Escribo esto mientras paseo por el Palacio de Cristal del Retiro. Cada año, millones de personas pasan por delante y se hacen fotos con él. Se sientan en la escalinata, miran el agua un rato y se van más o menos contentos, pero generalmente inconscientes de haber estado junto a uno de nuestros mayores símbolos políticos. Fue aquí y no en la Carrera de San Jerónimo donde, el 10 de mayo de 1936, los diputados y compromisarios de la II República eligieron presidente al candidato del Frente Popular, Manuel Azaña. Tenían un país por hacer y decidieron que, como el Parlamento no daba de sí, un palacio de cristal se atenía mejor a sus aspiraciones que cualquier institución de piedra.

Hoy estamos en un país de piedra que quiere a Madrid inexistente. No le sale bien. Ésta es la ciudad que fue frente de guerra durante tres años y resistió; la cuna del movimiento vecinal en la década de 1960; la punta de lanza del movimiento pacifista en los ochenta; el escenario de algunas de las mayores manifestaciones que se vieron en el mundo contra las dos guerras del Golfo; el corazón de la rebelión relativa y no obstante rebelión del 15M; la que se echa a la calle por cientos de miles y en plena noche para recibir a una columna de mineros. Madrid es un sueño de República. ¿Qué soñáis vosotros?

Madrid, septiembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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