La curiosidad · 6 de agosto de 2012

El pasado y el futuro. Cincuenta años de la muerte de Marilyn, sesenta y siete años de Hiroshima, la Curiosity en Marte. Agosto, mes de las Perseidas, ironiza con el tiempo. Actrices fallecidas que vivirán, hasta donde es posible en la historia y el lenguaje, eternamente; bombas que en más de un sentido siguen estallando porque no se ha aprendido toda su lección y naves que señalan la salida del laberinto como quien señala la Pirámide de Keops, porque la cultura y la política hegemónicas no reconocen ni la existencia del laberinto ni la necesidad de salir de él.

Pero hay esperanza, nos dicen; incluso en la lenta deriva hacia la destrucción de la libertad, la igualdad y la fraternidad debemos recordar que caminamos. ¿Sobre qué? Eso no se dice tanto. Hiroshima, gran metáfora del exterminio industrial, desactivó la guerra como solución total y la dejó en parche. ¿O no es precisamente la bomba lo que impide la solución preferida del Capital para las crisis sistémicas? Destrucción mutua asegurada; mal negocio. Por primera vez en la historia, el poder ya no puede jugar la última carta cuando las cosas se ponen feas. No nos puede exterminar. No tiene el comodín del miedo absoluto.

Algún día aprenderemos a aprovechar el corrosivo y liberador regalo de las víctimas de Hiroshima. Entre tanto, agosto se asoma a la pantalla y se burla de nosotros como Marvin en la ocurrencia fotográfica de George Takei, el Hikaru Sulu de Star Trek, que esta mañana nos arrancaba una sonrisa a todos los que buscamos las estrellas con alguna intención. Curiosity. Sí, al final siempre nos salva la curiosidad.

Madrid, agosto.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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