Golpes · 11 de enero de 2014

Ninguno tiene más de 19; son estudiantes de secundaria y de primer año de la universidad. Un día, en clase, una chica del club literario al que pertenecen intenta leer un poema, pero se lo impiden porque, según el profesor, no es digno del espíritu soviético. Indignados, abandonan el club. Estudian marxismo por su cuenta; leen a los escritores y a los revolucionarios prohibidos. Otro día, entre los libros de un viejo bolchevique muerto, descubren lo más prohibido de todo: una copia del testamento de Lenin. Aún no se conoce. Stalin sigue en el poder. Y el grupo de chicos edita panfletos en los que se dice que su país ya no tiene socialismo, sino un régimen bonapartista dirigido, cómo no, por un dictador.

La policía los empieza a seguir y, en 1951, los detienen. Tres, al paredón de fusilamiento; diez, a campos de trabajo. Susana Pechuro sobrevive: «Las mujeres [de la cárcel] me enseñaron mucho. A hacer una aguja con una paja de escoba o una espina de pescado (...), a fingir que estás despierta cuando duermes de día». Por fin, en 1956, la liberan. Nikita Jrushchov es el nuevo secretario general del PCUS y ha pronunciado su famoso discurso secreto, que denuncia los crímenes del estalinismo; cita el testamento de Lenin y menciona la gran purga del XVII Congreso (1934): la mayoría de los miembros del Comité Central, declarados «enemigos del pueblo»; ochocientos cuarenta y ocho delegados, ejecutados. El discurso no se publica íntegramente hasta marzo de 1989. La revolución de los bolcheviques, tan asesinada por el bonapartismo como la revolución de Robespierre.

Enero, 2014, necrológica de un par de periódicos: Susana Pechuro falleció el día de Año Nuevo en Moscú. Naturalmente, éste ya no es el mundo de esos chicos que añoraban a Lenin; éste es el mundo de la Restauración, con su Santa Alianza y sus zares, a la espera de que el libro se vuelva abrir y aparezcan los autores prohibidos. «Me enseñaron tres formas de cifrar el idioma, dando golpes en el muro de la celda. Cuando me trasladaron [de prisión] era una experta; sabía lo que tenía que hacer.»


Madrid, enero.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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