Factor · 14 de noviembre de 2014

Entra uno y empieza a contar su historia. Es como tantas: que estoy en la calle, que no tengo empleo, que si me pueden ayudar. Y, por las caras del vagón, parece que será tan lucrativa como no abrir la boca, sentarse en un parque y dejarse morir. Pero hay una mujer de pie, con la mano en el hombro de un niño de alrededor de seis o siete años. Y el niño está atento a la historia; hasta que, casi al final, se le escapa un zollozo, inclina la cabeza y llora sin hacer ruido, a regañadientes, como en punto intermedio entre la angustia irrefrenable y la fidelidad al cuento que nos cuentan a casi todos y que casi todos respetamos, por lo menos a su edad: que los hombres no lloran. El uno que ha entrado no sabe qué hacer. ¿Termina? ¿Guarda silencio? Opta por lo segundo y se baja sin haber intentado pedir. Y hay que verlo, derrotado, algo desconcertado, clavado en el andén mientras el vagón se vuelve a poner en marcha. Dentro, la madre ya ha conseguido que el chico se calme. Lo que no consigue, porque eso es imposible, es secar el factor que su hijo se ha sacado de los ojos, rompiendo el sueño de los viajeros. Se llama realidad. Y dura un rato.


Madrid, noviembre.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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