Normalidad · 27 de febrero de 2010

No es de extrañar que el suelo se hundiera bajo mis pies, porque venía de noche larga, tres horas de sueño, media hora de espera y contemplación de puerta desde el sofá rojo del vestíbulo de una empresa especializada en el genitivo sajón, diez minutos a silla-mesa-silla en un despacho, el adiós de la secretaria detrás de una ventanilla y la lectura de un periódico que, por fin la política, estaba infestado de duques, marqueses y condes, alguno en entrevista exclusiva y sin prisuelo, es decir, el bozo que se les pone a los hurones para que no hagan presa. Se hundió, he dicho, y me tragó más o menos hasta el apéndice xifoides, lo cual significa, más o menos, un metro cincuenta de bocado entre las paredes de ladrillo de la compañía de aguas.

Yo sé, y tú lo sabrás enseguida, que una plancha de hierro tuvo que ceder para que el suelo se abriera por la boca de un colector, y que dicha plancha, herrumbrosa, corroída, centenaria, condenada a hundirse, me grabó otra marca en la pantorrilla derecha, ésta horizontal y algo curvada, como si un dragón se hubiera dejado los dientes en mi hueso. También sé y también sabrás que, en la mañana en cuestión, a pesar de la hora tempranísima y de estar desierta la calle, mis ojos miraron abajo, miraron arriba y postergaron lo que habían visto abajo porque arriba ya estaban rodeados por varios pares de botas sobre las que se oían preguntas y expresiones de inquietud. Cito a continuación lo que se dijo. O no, mejor hago trampas y cito al del 28 de la Calle Broad:

Todo aquello que nace de mortal
debe consumirse con la tierra,
para alzarse libre de la generación.
¿Qué tengo que ver yo contigo?


Pues bien, mientras este yo admiraba las piernas hembra de un ángel hembra, que por las aventuras en el Cuadrante Delta me recordó a Kes, otro de mis yoes se quedó estupefacto y un tercero se dedicó a tranquilizar a los presentes desde el aplomo de su chaleco viejo bajo su traje viejo de raya diplomática. De los tres, me interesa que recuerdes al primero: véase su cara inexpresiva, algo pálida, e imagínense sus pensamientos, el ángel que se agacha y le levanta la pernera, el ángel que acerca la boca a la dentellada del hierro y le empieza a lamer la sangre, el ángel que se abalanza sobre él, amiga del derroche, el ángel que en pleno siglo XXI sólo vive en las novelas (mal, muy mal, condición humana), el ángel de melena empapada por una lluvia perfectamente ficticia y notablemente coherente para un día de sol.

Convendrás conmigo en que, siendo aquella mañana un día cualquiera, y siendo yo el mismo señor de ayer, era cuestión de segundos que me llevara al enamorado, al estupefacto y al del traje. Aquí los tengo, empantanados con unas facturas que no dejan tiempo para más. Pero adonde iba, y ya termino, era a esto: la boca de aquel colector no tenía fondo visible. Fueron mis codos, ahora en la mesa del despacho y entonces sobre adoquines, lo que burló el vacío.

Madrid, febrero.


— Jesús Gómez Gutiérrez


Si les gusta lo que leen


/