Noticias del secretariado de refrescos · 20 de enero de 2010

Mishkin, Peripetchikof y Borodenko no son oficiales de la Flota rusa del Norte, y en consecuencia es difícil que informaran a los folcloristas bolivarianos de que EE.UU. provocó el terremoto de Haití con el Haarp, que además de ser un proyecto realmente existente es también el arma de los illuminati para conquistar el mundo. Pero de momento, baste añadir que Mishkin, Peripetchikof y Borodenko sólo son tres funcionarios leales a Moscú.

En El 18 brumario de Luis Bonaparte, un señor con barba nacido en Tréveris y de nombre Karl Heinrich se mofaba de un señor sin barba nacido en Stutgartt y de nombre Georg Wilhelm en estos términos: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, por así decirlo, dos veces; pero olvidó añadir: una vez como tragedia y otra como farsa». Naturalmente, algunos revisionistas del barbudo fuimos más lejos y nos preguntamos qué sería más farsa que la farsa, puesto que los grandes hechos y personajes de la historia no tienen por qué repetirse dos veces, sino tal vez tres, cuatro, cinco, etc. Y es aquí donde Mishkin, Peripetchikof y Borodenko dejan de ser personajes de Wilder en Un, dos, tres y se convierten, estupidez y antioccidentalismo mediante, en el eje del chundachunda del siglo XXI, con la puntualización que algún día hará el tercero: «Camaradas, antes que nada debo decir que yo no soy del secretariado de refrescos; soy un agente encubierto, encargado de vigilarlos».

Aclarado este punto, conviene recordar que el proyecto Haarp (Alaska) es tan real como sus homólogos europeo y ruso, el EISCAT y el Sura (Vasilsursk), todos dedicados a chinchar con la ionosfera. Mucho antes de que los medios bolivarianos acusaran tranquilamente a Washington de ponerse tectónico para eliminar a cien mil personas, su sector hermano en EE.UU, que allí engloba a cazadores de OVNIS, reverendos de extrema derecha y autores de best sellers de no ficción (sic), ya había acusado a los rusos de ser culpables del Katrina por las mismas. Hasta la UE se preocupó en su día y hubo una diputada sueca que quiso saber, pero preguntando por el Haarp y no por el EISCAT, que le quedaba al lado (Noruega). En resumidas cuentas, sí; la mayoría investiga y otros buscan la máquina del juicio final de Dr. Strangelove por irresponsabilidad, por responsabilidad o por imitar a Peter Sellers en su resumen de la historia: «¡Mein Führer, puedo andar!».

Sembrar basura sobre los muertos de Haití no tiene ninguna gracia; para encajarlos en su potaje nacionalista y fuera de siglo, los Mishkin, Peripetchikof y Borodenko del Caribe se inventan una invasión de EE.UU. y dan pábulo a cualquier teoría confabulatoria. Ellos sabrán. Entre tanto, los que esperamos que la izquierda de la izquierda recupere el cerebro, recomendamos el consejo que Max Gordon le dio a cierto amigo, éste de Nueva York y de nombre Julius Henry, en la crisis del 29: «Marx, la broma ha terminado».

Madrid, enero.


— Jesús Gómez Gutiérrez


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