Arde Madrid · 12 de julio de 2012

Dos horas después, en Mesón de Paredes, todavía hay gritos y carreras. Como descubriremos enseguida, la versión de los medios no tiene nada que ver con lo que nuestros ojos han visto. Tergiversan, mienten y llevan la noche a titulares secundarios, donde no pueda romper la fantasía de su paz social. En algunos casos, la mentira tiene fondo de tragedia; en otros, de farsa. Ayer mismo, El País acusaba a un chaval de haber agredido a Juan Barranco durante la manifestación del martes; en realidad, Daniel Esteban estuvo detenido un día entero por llamar «sinvergüenza» al ex alcalde. Otros compañeros no son tan afortunados; los tienen dos y hasta tres días presos, en condiciones propias de una dictadura y siempre, por sistema, los acusan de resistencia a la autoridad, atentado contra la autoridad, desórdenes públicos, etcétera.
Hoy, con un Gobierno de facinerosos, cuesta recordar que los sinvergüenzas también son culpables. Se suman a nuestras marchas mientras subscriben las medidas de Bruselas; escriben columnas de ecos revolucionarios tras haber apoyado las políticas que nos han traído aquí; quieren que mantengamos la protesta en un juego de manitas sacudidas contra el cielo y, naturalmente, justifican la represión. Pero esto, les guste o no, es la realidad. Ya no somos cientos los que pensamos que la ruptura del contrato social exige la ruptura de la paz social. Ahora somos miles. Algunos buscamos una revolución; otros, buscan una reforma; todos, que los facinerosos y los sinvergüenzas prueben su propia medicina.
Madrid, julio.
— Jesús Gómez Gutiérrez